martes, 28 de diciembre de 2010

Capítulo tres [Ángel demoníaco]

Fic: Ángel demoníaco.
Capítulo: tres.
Pareja: Sesshomaru/Rin.
Género: Drama/Romance/Aventura.

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~Capítulo tres.- Veneno~

―Ponte un poco más a la izquierda… No, más. Te has pasado, da un paso a la derecha. Muy bien, ésta es la buena. Prepárate, Luka, porque ahí va.

El demonio-lobo emitió un gruñido de asentimiento mientras se colocaba en posición de ataque. Rin cerró los ojos y unió sus manos por los dedos pulgares. Luka aprovechó ese momento para lanzarse en su dirección con un gran salto. La joven abrió los ojos repentinamente cuando lo sintió casi encima de ella.

―¡Repulsión! ―exclamó empujando el cuerpo del lobo con sus manos desnudas.

Luka viró varias veces en el aire y aterrizó de pie, jadeando. Rin sonrió ampliamente. Le acarició las orejas mientras murmuraba elogios a su gran resistencia. Había llevado tiempo, pero ya sabía ejecutar de forma decente los hechizos de defensa básicos. Antes de conocer a Luka no había podido practicar esa clase de encantamientos pues no tenía contrincante, por lo que las enseñanzas de la señora Kagome se habían oxidado ligeramente en su cabeza. No obstante, la repulsión había sido casi perfecta. En ese instante, se sintió un poco más útil.

Satisfecha consigo misma, volvió junto a Luka al campamento temporal que habían instalado en un risco rocoso a las afueras del desierto. La temperatura rozaba los cero grados, por lo que llevaba un abrigado manto sobre su kimono de invierno ―"gracias por no perderte en los confines del mundo con mi ropa, Ah-Un"―. Luka soltó un graznido y empezó a correr al lugar donde se encontraba Jaken descansado, sobre una roca plana. El demonio lobo le adoraba, se apreciaba a primera vista. El otro trataba de ocultarlo, pero también sentía simpatía por el recién llegado. Rin estaba un poco celosa. Había viajado junto a él por mucho tiempo y seguía siendo una "niña tonta e inútil"; el lobo "desprendía inteligencia por cada poro de su piel". Pero bueno, bien por Luka. Si podía librarse de las reprimendas malhumoradas de Jaken, tanto mejor para él. No le afectaba, no, señor. Aunque si pudieran atribuirle el mérito de conseguir que el demonio se uniera al grupo… Tonterías, daba igual. Era una mujer fuerte e independiente. No necesitaba camelos.

Al ver que el señor Sesshomaru no estaba por ahí, decidió dar una vuelta. En ocasiones le gustaba estar sola para despejarse la mente y poder pensar con claridad. Las cosas habían cambiado mucho desde que era una niña. La vida se había vuelto más estresante. La pequeña Rin se pasaba el día riendo y recogiendo flores, o curioseando aquí o allá bajo la atenta supervisión de Jaken. Ahora debía preocuparse por mejorar sus capacidades. Tenía que asumirlo: no era fuerte. ¡Si ni siquiera podía levantar la espada del señor Sesshomaru dos palmos del suelo! No obstante, tenía potencial como futura sacerdotisa; Kagome se lo había dicho en múltiples ocasiones. Rin empezó a soñar despierta. Se imaginaba a ella misma dentro de unos años como una poderosa sacerdotisa a la que todo el mundo acudía en busca de consejo, ayuda o protección. Sería una persona sabia ―¿había mencionado ya que sabía escribir?―, con mucho mundo, y asentiría con gravedad cuando alguien le contara un problema como había visto hacer a la anciana Kaede. Diría cosas como "Sí, he visto esto antes. Debes recoger estas plantas curativas y después…" o "Mmm… conozco al demonio del que hablas. No será sencillo, pero realizaré un conjuro para sellarlo". La admirarían, y nadie recordaría su pasado. Daría igual que fuese huérfana o que tuviese amigos demonios. Confiarían en ella. Nadie la llamaría tonta o inútil. Y lo que era más importante… el amo Sesshomaru reconocería su fuerza. No sería una carga para él, por eso había estado entrenando duramente desde que emprendieron el viaje desde la aldea. Ya no sería la "tonta Rin".

Iba tan ensimismada en sus pensamientos que no reparó en una hilera de pequeñas rocas frente a ella hasta que tropezó con ella. Se puso los brazos para protegerse la cara en un acto inconsciente, pero un brazo salió de la nada y la agarró firmemente en el aire.

―Rin, debes estar siempre alerta. No puedes distraerte con la facilidad con que lo haces ―dijo una voz dura a su derecha. Rin bajó la cabeza, avergonzada.

―Lo lamento, amo Sesshomaru, no volverá a pasar.

Él asintió una vez y siguió caminando hacia delante. Rin lo miró confusa. ¿Cuándo había llegado? No había oído a nadie acercarse. Suspiró resignada; nunca sería capaz de pillarle por sorpresa como él hacía con ella. Antes de que se diera cuenta, ya casi se perdía bajando una pronunciada cuesta. La muchacha dejó sus cavilaciones de lado con decisión.

―¡Amo Sesshomaru, esperadme, por favor!

El demonio blanco se detuvo con una mirada inexpresiva sobre la joven que corría a su encuentro. Llegó donde él sin aliento ―no había calculado la distancia que había recorrido en unos escasos minutos―, pero con una gran sonrisa en la cara.

―Me gustaría enseñaros un… un encantamiento que he estado practicando ―jadeó mientras se situaba frente a él. Era hora de mostrarle cuánto había mejorado. Puede que se estuviera precipitando si intentaba ejecutar un hechizo de reparación de piedra o metal o de defensa, pero no de curación. No había nada que se le diese mejor.

―¿En serio? ―inquirió con poco interés mirando el horizonte.

Rin no se desanimó.

―Sí, ¿lo veréis?

―Bueno, pero que sea rápido, Rin. Tengo una cosa que hacer ―comentó con reserva en su tono de voz. La joven no le dio importancia pues sabía que eran muchos los secretos que celosamente guardaba su amo en su interior. Por el contrario, ella estaba entusiasmada ante su respuesta. ¡Era su momento!

―¿Veis esta herida? ―Le mostró un corte en el brazo.― A continuación, haré que desaparezca. Sólo tengo que…

Sesshomaru la interrumpió asiéndola del brazo. Su mirada estaba fija en la herida reciente que serpenteaba de forma irregular por la suave y pálida piel de la joven. Por lo que parecía, se la había producido un colmillo agudo.

―¿Quién te ha herido, Rin?

―No es lo que pensáis. Nadie me ha atacado ―se apresuró a aclarar ante el tono fríamente controlado del demonio. ―. Me lo hice en el entrenamiento con Luka. Él me mordió por accidente y como no era nada ni me dolía mucho, pensé…

―Te dije que podía quedarse si no me molestaba ―le recordó Sesshomaru con peligrosa suavidad sin soltarle aún el brazo.

"En realidad, a vos nos os ha hecho nada", pensó para sí. Debía resolver la situación, no podía dejar que Luka se marchase por orden del amor Sesshomaru. Le estaba ayudando mucho, había salvado su vida aquella noche de tormenta y era un buen compañero de viaje. Además, Jaken no la perdonaría.

―No volverá a pasar, señor Sesshomaru. Ahora realizaré el hechizo para que veáis que no es nada. Veamos… ―Rin buscó en su mente los encantamientos para cortes superficiales. Esto le pasaba por improvisar. Por fin, dio con él― "Que lo que una vez fue, vuelve a ser. Que la piel se una y la herida desaparezca. Ayúdame, Kami".

El efecto fue instantáneo, la herida cicatrizó y se curó en cuestión de segundos. No quedaba rastro de ella. Orgullosa, miró a Sesshomaru, quien todavía sujetaba su brazo firmemente.

―¿Qué os ha parecido? ―preguntó ilusionada.

―Vete donde se encuentra Ah-Un y prepárate un brebaje para la herida. Que Jaken te ayude ―dijo él soltando el brazo y continuando el camino.

Rin se sintió unos breves instantes descolocada, pero no dejó que se fuera colocándose de nuevo frente a él.

―¿Por qué?, ¿algo va mal?

El demonio frunció el ceño al ver que no había ido a cumplir su orden inmediatamente, pero se impuso paciencia. Rin no se iría hasta que saciara su curiosidad ―empezaba a pensar que no era un rasgo de su niñez, sino de su personalidad―.

―Rin, ese lobo es un demonio. Lo más probable es que sus colmillos contengan veneno. Dado tu estado, intuyo que será una baja cantidad, pero debes expulsarlo antes de que se vuelva peor. Si deseas volver a repetir tus entrenamientos con él, protege tu cuerpo mejor.

Sabía que su tono era brusco, pero Rin debía comprender que había cosas que no se podían hacer. Maldición, ya no era una niña. No se sentía culpable por hablarle con dureza pues sabía que debía hacerlo. No obstante, le molestaba que su protegida se viera tan afectada por sus palabras ―mirada baja, hombros caídos, un vago asentimiento con la cabeza acompañado del murmullo "sí, amo Sesshomaru"―. ¿Sería por su condición humana? ¿Tan aterrador resultaba? Debía ser así; Rin no era una cobarde. Insatisfecho por sus conclusiones, partió hacia delante siguiendo el rastro de olor que había captado antes. ¿Sería quien él pensaba? Estaba casi seguro, pero debía asegurarse.

La joven volvió apresuradamente al campamento para realizar lo que el señor Sesshomaru le había mandado. No dirigió la palabra a Jaken, quien la miraba con una ceja alzada ante su expresión sombría. Se dispuso a preparar el brebaje contra venenos comunes calentando un poco de agua que había recogido en un río próximo. Su realización no era muy complicada, así que no necesitaba la ayuda del anciano demonio que descansaba apaciblemente acariciando las orejas de Luka ―quien le triplicaba en tamaño―.

Tal vez su destino fuera hacerlo todo mal. Tal vez Kami hubiera decidido hacerla quedar como una patosa y tonta irremediable ante el señor Sesshomaru y así iba a seguir para los restos. Nunca sería de utilidad para el grupo. Quizás Jaken tenía razón. Puede que su condición que mujer humana no le diese para más. Estaba segura de que si fuera un chico sería más aceptada, más fuerte, más inteligente. A todo el mundo le gustaban más los hombres. Ellos eran guerreros en su mayoría, mientras que sólo unas pocas mujeres podían aspirar a algo más que esposas. Ella no deseaba eso. Karin le había dicho que lo mejor es que se casara y formara una familia como ella había hecho; Kohaku también le echó en cara que le rechazase cuando iba camino a la eterna soltería. ¿Tal vez sólo sirviese como atenta esposa y devota madre? La señora Kagome podía haber dicho que ella tenía talento para animarla o porque no tenía a nadie más para coger como aprendiz. Se levantó para coger de las alforjas de Ah-Un los dos últimos ingredientes del brebaje aún sumergida en cavilaciones.

Ah-Un la vio llegar ida, resopló y se quitó de su camino. Rin estuvo a punto de estrellarse contra un árbol. Extrañada, se giró hacia el demonio. Había creído que estaba todo recto. Se encogió de hombros. Eso la pasaba por ser tan distraída, ya se lo había dicho el señor Sesshomaru. Alargó la mano para coger de las alforjas las hierbas curativas pero Ah-Un volvió a moverse para esquivar su mano.

―¿A qué juegas, Ah-Un? Déjame, tengo que coger algo importante de las bolsas que llevas ―dijo Rin algo molesta por la actitud del demonio, quien actuaba como si acabara de conocerla y la ignoraba―. ¡Ah-Un, por favor!

―Rin, ¿qué ocurre? ―Jaken se había acercado con Luka detrás al ver cómo la joven empezaba a mostrar signos de ansiedad, pero ocultó su preocupación tras su habitual velo de malhumor.

―No me deja coger una hierbas que necesito para hacer una poción contra venenos ―se quejó señalando a Ah-Un. ¿Por qué se comportaba así el demonio? Siempre había sido bueno con ella y le había salvado más de una vez la vida cuando era pequeña.

―Oh, vamos, no será para tanto. Ah-Un ―dijo con voz autoritaria―, deja que cojamos las hierbas de tus alforjas. Yo te lo mando.

El demonio soltó un bufido más fuerte que sobresaltó a Jaken y provocó una caída hacia atrás. Rin lo veía y no se lo creía. Ahora ni Ah-Un la consideraba útil. La ninguneaba como todos los demás. Algo en su interior se encendió con abrumadora fuerza. Apretó los puños con rabia. No era una niña tonta. No era una inútil carga. Sabía leer, había acompañado al señor Sesshomaru por mucho tiempo y conocía a los demonios, ejecutaba gran cantidad de hechizos casi a la perfección. ¿Por qué la trataban así? No lo soportaba.

―Ah-Un, quieto ―ordenó una fría voz a sus espaldas. El demonio obedeció al instante y permitió dócilmente que Jaken, todavía receloso, le extrajera de sus alforjas los restantes ingredientes de la poción. Cuando lo hubo hecho, se volvió hacia Sesshomaru.

―Nunca, jamás, Ah-Un había hecho esto a Jaken, amo Sesshomaru. No lo entiendo, ¿creéis que alguien lo ha…?

―Señor Sesshomaru, quiero luchar contra vos.

El paraje rocoso quedó en un absoluto silencio. Ambos demonios se volvieron a mirarla con distintos grados de perplejidad. Rin le miró con decisión. Sólo había una manera de que reconociese su fuerza, y era aquella.

―¿Qué has dicho, niña tonta? ―inquirió Jaken con voz chillona.

―Lo que has oído, abuelo Jaken: quiero luchar contra el señor Sesshomaru.

―No lucharé contra ti, Rin. Así que olvídalo ―dijo el demonio blanco con el ceño fruncido. ¿Trataba de insultarlo? Ella era su protegida. Sería un despropósito intentar acabar con su vida. ¿O acaso no entendía Rin que una batalla era una lucha a muerte entre combatientes en el que sólo uno podía salir vivo? La examinó disimuladamente mientras los ojos de ella seguían puestos en él. Sus pequeños puños estaban cerrados, respiraba agitadamente, sus ojos emitían un leve destello rojo. Por supuesto, había tenido razón. El veneno del lobo había empezado a hacer mella en ella, aunque no lo notase. ―Tómate el brebaje y descansa, Rin. Mañana partiremos temprano al desierto.

―¡No, quiero pelear con vos, amo Sesshomaru! ―exclamó frustrada. Notaba la sangre circular bajo sus venas, su calor. No le gustaba en absoluto.

―Deja de decir tonterías y obedece, Rin ―sentenció seriamente.

Ahora era el señor Sesshomaru quien la llamaba tonta. No, no lo soportaba. Sintió que su furia se volvía más intensa.

―Os he desafiado. ¿Os echaréis para atrás?

Las palabras surtieron efecto, como Rin había supuesto. El señor Sesshomaru era un guerrero, después de todo. No entendía por qué quería luchar contra él, sólo obedecía lo que le pedía el cuerpo. Nunca se había sentido así, tan furiosa. Era una sensación extraña.

―No, no me echaré para atrás ―contestó Sesshomaru suavemente. Jaken se sobresaltó. Conocía ese tono y sus implicaciones. Ahora él también estaba enfadado. La situación empezaba a tornarse peligrosa.

―Amo Sesshomaru, no hagáis caso a esta niña tonta. No ha dormido lo suficiente y por eso se muestra tan irascible. La obligaré a tomarse el brebaje y…

―¡NO ME LLAMES TONTA, JAKEN! ―explotó la joven juntando ambas manos por los pulgares en dirección a Sesshomaru y exclamando con toda la ira que sentía―: ¡Golpe directo!

Sesshomaru esquivó fácilmente el ataque dando un prolongado salto. Frunció el ceño al ver hacerse añicos la roca que había estado a su espalda. Al parecer, la furia daba a Rin mayor efectividad en sus hechizos ofensivos. Tomaría nota. Sesshomaru se situó en otra detrás de la joven. No deseaba luchar contra Rin, pero no le estaba dejando opción. El veneno se estaba propagando con rapidez. No creía que fuera a tomarse la poción curativa voluntariamente. "Maldición", se dijo para sí. Sabía que el lobo traería problemas. No debía haber cedido ante Rin, por mucho que ella desease que los acompañara. Senna tenía razón: se estaba volviendo un blando. Iracundo ante tal perspectiva, blandió fuertemente a Bakusaiga. Cuando Rin le envió otro de sus hechizos de ataque, lo bloqueó con su espada.

La joven se mostró contrariada. Ése era uno de sus mejores conjuros, pero él lo rechazaba una y otra vez. ¿De verdad era tan débil? Su furia flaqueó un instante que Sesshomaru aprovechó empujándola contra una dura piedra. Los ojos del demonio habían pasado del dorado al rojo. La batalla le estaba afectando. Jaken observaba la lucha, impotente. A este paso Rin moriría. No podía hacer nada, pues con inmiscuirse en la batalla sólo conseguiría morir él también. Maldita sea, ¿por qué Rin actuaba de forma tan extraña? Ella era dulce, impetuosa y siempre alegre. ¿Qué la había enfurecido así? Miró de reojo a Ah-Un, quien no se perdía detalle de la pelea que se llevaba a cabo frente a sus ojos. Él era otro que no se mostraba como siempre. ¿Qué estaba pasando?

―¡Repulsión!

El hechizo dio de lleno en el pecho de Sesshomaru, quien gruñía con fuerza. Rin se estremeció al ver que éste apenas afectaba al demonio. Él retrocedió un paso de forma indolente y volvió a cargar contra la joven. Sesshomaru ya no la veía, por lo menos no a Rin. Veía a su adversario, alguien a quien debía matar. El darse cuenta de esto disminuyó de nuevo su furia y aumentó su temor. Kami, ¿por qué lo había desafiado? Ahora no lo recordaba.

―¡Parálisis absoluta! ―exclamó en un vano y desesperado intento de frenar al demonio. Pero él sólo realizó un ligero movimiento para esquivarlo. Después alzó a Bakusaiga frente a él con intención de ejecutar algún ataque.― ¡Amo Sesshomaru! ―gritó Rin asustada.

Sesshomaru sintió que esas palabras penetraban en su ahora sanguinaria mente. Vio ante sus ojos a Rin, temblando y mirándolo como si estuviera frente a la misma muerte. Soltó un siseo. Estaba molesto con él mismo por semejante falta de autocontrol tan impropia de un guerrero demonio, no, más aún, del hijo de Inu no Taisho. Pero también estaba enfadado con Rin por haberle empujado a semejante estado de frenesí. Si no hubiese gritado, la habría despedazado con Bakusaiga o con sus garras. Con sombría tranquilidad, alzó su espada y rozó el cuello de la joven con ella.

―Estás muerta, Rin. La batalla termina aquí ―sentenció con voz de ultratumba. Con el tono ligeramente alterado por la furia, continuó―. Si vuelves a tener la necia idea de desafiarme, asegúrate de ser lo suficientemente fuerte como para derrotarme. Tú sabes que yo odio pelear contra los débiles.

Rin ardía en vergüenza por semejante humillación. Sin mediar palabra, dio media vuelta para perderse entre los afilados riscos rocosos del paraje montañoso. ¿Cómo podía haber sido tan, tan estúpida?

Jaken y Sesshomaru la vieron marchar. Cuando el anciano demonio trató de seguirla, Ah-Un le cortó el paso con mirada amenazante.

―¡Apártate, bestia traidora! ―ordenó Jaken agitando en su dirección el báculo de las cabezas.

―Silencio, Jaken. Ah-Un, vuelve al campamento ―dijo con tono autoritario Sesshomaru. Ante la expresión de su subordinado, añadió simplemente―. Ella volverá.

"Pero debe tomar el brebaje pronto", continuó para sí mismo con el ceño fruncido. La muchacha debía estar en esos momentos muy confusa, pero como aún tenía el veneno de su cuerpo podía tratar de luchar con él nuevamente. Y no sabía si esta vez podría responder de sus actos. Aún sentía la sed de sangre en su garganta. Primero debía tranquilizarse. Para esta clase de problemas, era crucial tener una mente fría y despejada. Rin volvería antes de que acabara el día.

La joven humana corría sin dirección entre las rocas cortándose ocasionalmente con ellas la cara, las piernas o los brazos, pero no sentía dolor. Estaba realmente avergonzada por lo que había hecho. Había atacado al señor Sesshomaru y gritado a Jaken, quien sólo intentaba arreglar la situación. Se había vuelto una mala persona sin quererlo. Nunca la iban a perdonar. Ella misma no se pensaba perdonar nunca. ¿Cómo había podido hacerlo? Ella quería y admiraba al señor Sesshomaru. ¿Por qué se había puesto de un segundo para otro tan furiosa? No tenía sentido. Muy bien, él no había estado muy entusiasmado con su hechizo, pero también dijo que estaba ocupado con otra cosa. Era tonta. Como decía Jaken, era una niña tonta.

Pero lo peor había sido la mirada del amo Sesshomaru. Una mirada fría, sin sentimientos, como las que destinaba a sus enemigos, a quienes odiaba. ¿La odiaba ahora? Rin sonrió tristemente mientras comenzaba a andar más despacio. Sí, debía odiarla. Había tratado de matarlo. Se horrorizó al caer en la cuenta de eso. ¡Matarlo! Los "golpes directos" eran hechizos ofensivos de mucha potencia que si daban al objetivo, lo mataban. ¿Por qué, Kami, por qué había decidido atacarlo de esa manera? Más aún, ¿por qué querría atacarle desde un principio? Esa pregunta recorría una y otra vez su mente sin que pudiera dar una respuesta.

¿Qué sentiría el señor Sesshomaru por ella?, se preguntó de repente. ¿Era una simple sirvienta, su protegida humana o tal vez… otra cosa? Recordó entonces la conversación que había tenido con Karin hacía casi un mes, el día después de la noche en que ella y Sesshomaru se habían reencontrado. Ella había entrado en la casa de su amiga al amanecer y Karin se asustó mucho, pensando que era un espectro. Cuando vio el saludable aspecto de su amiga, se tranquilizó y se apresuró a regañarla.

―Rin, ¿sabes qué hora es? Exacto, ¡pronto! Riuro todavía no se ha levantado para ir a trabajar en la aldea y yo tengo sueño. ―Alzó los brazos para estirarse como en muestra de su estado de agotamiento. Rin no se dejó distraer y entró animada a la que había sido su segunda casa en el transcurso de cuatro años.

Encontró a Riuro, el marido de Karin, desayunando en la mesa de madera que había en la habitación y lo saludó alegremente. Éste le devolvió con una media sonrisa el saludo.

―Rin, ¿qué haces por aquí? Se te ve muy contenta por algo ―comentó el hombre pegando un mordisco al brote que tenía en la mano. No era muy usual en los últimos tiempos ver a Rin sonreír y le alegraba encontrársela así ―por muy pronto que fuese―.

―Tenía noticias para Karin y no podía esperar –dijo risueña mientras la otra mujer se limpiaba las manos con un retazo de tela.

―¿Qué noticias son esas para que vengas a estas horas?, ¿no deberías estar entrenando?

La sonrisa de la joven se borró de repente.

―¡Oh, cielos! ¡Se me había olvidado completamente! Tengo que ir a avisar ahora mismo a la señora Kagome…

―No, no ―negó con la cabeza la mujer mientras esbozaba una pequeña sonrisa―. Ahora me ha entrado la curiosidad y no voy a dejarte que te vayas hasta que me hayas contado lo que pasa. Siéntate y confesa, Rin. ¿Qué bicho te ha picado?

―Bueno, os dejo solas. Tengo trabajo ―se despidió Riuro haciendo un ligero ademán con la mano. Rin le sonrió y Karin le hizo un simple gesto. Miraba a la joven con fijeza.

Rin se mantuvo un rato pensativa ante la mirada inquisitiva de su amiga. ¿Por dónde empezaba? El final era lo más importante de la historia, pero la anciana Kaede siempre decía que las cosas se contaban por el principio. No obstante, el carácter de Karin de ir siempre al grano la hizo decidirse. Agrandó su sonrisa y exclamó con voz alegre:

―¡El señor Sesshomaru ha vuelto!

La mujer la miró durante unos instantes y empezó a palidecer. Luego, buscó una silla para acercarla a la mesa.

―Lo mejor será que me siente ―creyó oírla musitar.

―Oh, vamos, Karin. No pongas esa cara. Parece que te he dicho que me voy a morir pronto ―dijo Rin componiendo una mueca.

―Puede que no andes tan desencaminada…

―¿Cómo?

―Cuéntame la historia desde el principio, Rin.

Y así lo hizo. Sin saltarse nada ―ni siquiera sus propias impresiones de la imponente presencia de Sesshomaru o sus sentimientos encontrados―, le fue contando poco a poco todo lo que había sucedido la noche anterior. Pensó en mencionar a la pequeña niña demonio que acompañaba a Jaken y a Sesshomaru, pero llegó a la conclusión de que eso sólo pondría más nerviosa a Karin. Suficiente tenía con la pronunciada palidez de su piel. A ella no gustaba el señor Sesshomaru, pero nada en absoluto. Cuando terminó con la parte en que la mandaba a la aldea para partir en cuanto estuviera lista, su amiga todavía no había abierto la boca ―algo raro en ella, ya que le encantaba interrumpir para hacer comentarios sobre todo―.

―¿Y bien? ―inquirió vacilante después de un rato de silencio incómodo.

Karin la miró seriamente a los ojos.

―Pensé que habías dicho que aunque volviera, no reanudarías tu viaje con él ―le recordó secamente.

―Ya, pero no sé. Me ha dado una explicación y…

―Sí, una explicación muy convincente. El Elíxir de Kami ―repitió con burla. Al ver que Rin empezaba a molestarse, dijo―. Rin, te seré sincera, ¿de acuerdo?

La joven asintió, presintiendo que no le gustaría lo que iba a escuchar. Karin empezó:

―Primero, siempre he pensado en por qué un demonio tan poderoso como es el hermano de Inuyasha llevaría a una niña humana consigo. Sí, ya sé que no para comérsela ―se apresuró a decir cuando Rin iba a protestar―, pero sí con otra razón. Una niña no sirve para placeres adultos ―Rin se sonrojó intensamente ante la insinuación―, ni tampoco es de utilidad para la guerra. Entonces, ¿para qué? Pensé y pensé (aquel día, cuando nos encontramos secuestradas y te marchaste, dejaste una huella grabada muy hondamente en mí), y llegué a una conclusión: él te quería como un objeto que la admirara pues ¿quién mejor que un niño para sentirse más fuerte, más bello, más inteligente? Un niño que le adorara como a un Dios.

―Es tu prejuicio a los demonios el que habla por ti, Karin. El señor Sesshomaru me quiere por mí misma, no para que le adore.

―No, amiga mía, no es el prejuicio, es mi experiencia en la vida la que habla. Todos, demonios y hombres, son iguales. Buscan algo en ti y, cuando se aburren, te dejan a un lado como un trapo usado.

―No puede creer lo que estás diciendo. ¡Tú estás casada! ¿Qué pasa con Riuro? ―inquirió Rin dispuesta a que se retractase. No fue así.

―Él es como los demás, sólo que a mí no me importa. Yo le quiero. Él no se interesa en mí de la forma que tu demonio lo hace en ti… o eso pensaba antes de que me contaras lo del beso.

―¡Sólo fue un beso! ¿Qué insinúas? ―exclamó sonrojada la joven.

―Lo sabes perfectamente.

―¡Pues no! El señor Sesshomaru no está interesado en mí de esa forma, así que bórratelo de tu cabeza, Karin.

―No olvides mis palabras, Rin, o acabarás llorando. Llorando y sola.

¿Y cómo estaba ahora? Bueno, no llorando, pero sí terriblemente sola. Todavía no alcanzaba a comprender qué había querido decirle aquel día Karin. ¿Qué los hombres son malos? Ella era la mala. No estaría en ese estado si no hubiese desafiado como una idiota a uno de los demonios más poderosos de todos los tiempos. ¿Debía volver y disculparse? No ganaría su perdón, pero nada perdía intentándolo ―su orgullo y dignidad ya estaban bajo tierra―.

Un chapoteo proveniente de entre unas rocas llamó su atención. Se asomó por un hueco para observar con curiosidad quién estaba ahí. Era un muchacho, tal vez más joven que ella. Tendría quince o dieciséis años. No parecía dársele la pesca mejor que a ella. Reprimió una risa cuando lo vio caer al agua tratando de coger un pez con las manos. Cuando se levantó con aire contrariado y el mismo pez saltó ante sus narices dándole en la cara, como si se estuviera burlando de él, Rin no pudo evitar soltar una alegre carcajada. El joven alzó la vista hacia ella, lo que produjo que la joven se silenciara y compusiera una sonrisa amistosa. Bajó con cuidado por la rocosa ladera hasta el pequeño riachuelo.

―¡Hola! ¿Cómo te llamas? Yo soy Rin ―dijo saludándole con la mano.

Él esbozó una media sonrisa.

―Shin ―contestó con arrogancia. Luego, apartó la vista de ella y volvió a su tarea.

―Es difícil pescar, ¿eh?

―Bah, no cuesta tanto.

Rin frunció los labios desencantada. No parecía un muchacho muy agradable, la verdad. Le dejaría allí para que siguiera a lo suyo, ella tenía que volver para disculparse. Por lo menos, el hablar con alguien le había distraído unos segundos. Soltando un hondo suspiro, se dispuso a subir de nuevo la ladera para llegar al camino.

―Espera, niña.

La joven se volteó, molesta.

―No soy una niña ―espetó frunciendo el ceño.

―Sí, sí, lo que tú digas ―contestó él todavía sonriendo con aire condescendiente―. ¿Tú no ibas acompañada por tres demonios?

―Sí, ¿cómo lo sabes?

―Digamos que lo sé y ya está. ―Salió del lago y se sentó en una roca plana. Al ver que Rin seguía de pie sin moverse, se impacientó.― ¿A qué esperas, niña? Ven, vamos.

"No eres mi dueño para ordenarme esas cosas", quiso decirle. No obstante, no le gustaba ser desagradable con la gente. Igual él era así con todo el mundo y por eso la trataba así. Tal vez sus padres le habían educado así.

―¿Qué quieres? ―preguntó malhumorada cuando se sentó a su lado.

Shin abrió la boca para contestar, pero algo que vio le hizo cerrarla de nuevo, muy lentamente. Rin se sintió incómoda ante el escrutinio. "¿Nadie te dijo cuando eras pequeño que quedarse mirando a alguien fijamente es de mal gusto?", quiso decir también. Nuevamente, se contuvo. No sabía por qué, pero aquel niño imponía en ella respeto.

―Dime, Rin, ¿has peleado últimamente con lobos? ―inquirió divertido señalando sus ojos. La joven se tocó los párpados confusa.

―Sí, pero no entiendo por qué tú sabes eso. Y no me gusta que un desconocido conozca tanto de mí. Lo siento, Shin, pero tengo que volver. ―Hizo un ademán de levantarse, pero él la cogió del brazo y tiró de él para que cayera nuevamente en la roca. ―¿Pero qué…?

―No digas nada, Rin ―dijo él con un tono tan suave como el terciopelo. La obligó a mirarlo a los ojos y ahí se quedó. Rin estaba fascinada por el color de aquellos preciosos orbes. ¿Eran azules o violetas? ¿Tal vez un color verde extraño? No podía apartar la vista.

―¿Qué… qué quieres?

―Nada, sólo dame tu mano ―susurró con el mismo tono.

Rin obedeció al instante. Él sacó un pincel de la bolsa que tenía tras la roca y un pequeño cuchillo. La joven miró asustada el afilado arma.

―Oh, vamos, no pongas esa cara. No te va a pasar nada… o casi nada. Lo cierto es que me da igual ―comentó con indiferencia mientras hacía un corte superficial en el brazo de la muchacha, quien contuvo un gemido de dolor―. ¿Ves como no ha sido para tanto? Ahora viene lo interesante.

Con sumo cuidado, empapó el pincel con la sangre de la herida abierta y comenzó a escribir en la mano de Rin. Terminó en muy poco tiempo. Miró desde diferentes ángulos cómo había quedado y asintió, satisfecho. Se levantó entonces para guardar su pincel en la bolsa y luego echársela al hombro. Aún aturdida, la joven se miró la mano para ver qué había hecho aquel loco. Era un kanji, aunque no conocía su significado.

―Me llaman el pintor de sombras, ¿sabes? ―comentó Shin con una sonrisa despreocupada ―Me pusieron ese nombre a los ocho años. Soy el mejor en lo mío, ya lo comprobarás tú luego. Tal vez mueras, quién sabe, aunque preferiría que no. ¿Cómo vas a reconocer mi arte si estás en la otra esfera? Es ridículo.

―Estás loco ―le espetó enfadada levantándose también―. Quítame esto ya.

―Estás furiosa, ¿verdad? Bueno, no podía ser de otro modo con el veneno del lobo circulando por tus venas.

―¿De qué estás hablando?

―No importa, aunque esto es mejor de cómo lo habíamos planeado. No tendré ni que hipnotizarte para que ataques al demonio perro. Lo harás tú solita… pero tal vez tenga que darte un empujón aparte de la herida abierta. ―Se acercó a ella y la obligó como antes a mirarle a los ojos.― Vete a tu campamento, Rin, y mátalos a todos.

―No… no voy a hacerlo ―musitó ella, comenzando a asustarse.

―Lo harás, y estoy seguro de que muy bien ―la aduló dándole palmaditas en la espalda. Una especie de graznido sonó en la lejanía―. Vaya, parece que ya me tengo que ir ―dijo disgustado. Esbozando la misma media sonrisa que compuso cuando ella se presentó, añadió―: Espero que estés viva la próxima vez que te vea, niña.

El cuerpo de Rin dio media vuelta solo y escaló con eficiencia la ladera. Luego, echó a correr desandando su anterior trayecto. Rin comprobó con horror que, efectivamente, se dirigía al campamento. Debía tratar de detenerse, de que su cuerpo no se rebelase. Pero era difícil, muy difícil. No podía controlarlo. Era una simple marioneta.

Sus pies no parecían notar el esfuerzo que estaban ejerciendo. Se movían sin pausa uno detrás de otro. Su cuerpo no se agotaba, no se quedaba sin energías como usualmente le pasaba cuando corría tanto. "No quiero hacer esto, no quiero", pensaba desesperadamente, impotente a pesar de sí misma.

No tardó mucho en llegar hasta el campamento. El atardecer era precioso. Lástima que ella no estuviese en condiciones de disfrutarlo. Se acercó más despacio ocultándose entre las rocas. Allí estaban Luka y Jaken en un rincón, con mirada ausente. Ah-Un dormitaba en el centro, mientras que el objetivo de aquella mezquina orden se encontraba con la espalda apoyada en una roca y ojos cerrados, alejado de todo.

Quiso gritar: "¡Señor Sesshomaru, ayudadme!" o "¡Señor Sesshomaru, tened cuidado!", pero su cuerpo tampoco la dejaba hablar. Maldito Shin. ¿Por qué estaba haciendo todo eso? Con sigilo poco habitual en ella, se desplazó rodeando el campamento. Unas pequeñas rocas sueltas descubrieron su posición. Rin suspiro aliviada. Menos mal.

―¿Quién está ahí? ―se oyó la voz de Jaken. El anciano demonio oteó a su alrededor, pero al no ver nada, gritó de nuevo―: ¡No te ocultes! Muéstrate.

Entonces el cuerpo de Rin pareció decidir salir a la vista. La joven no comprendía cómo, si ella no lo controlaba, podía pensar por sí mismo. ¿O tal vez era manipulado a distancia y por eso improvisaba? "Eso no es lo importante ahora, Rin", se amonestó al ver a Sesshomaru mirarla con el ceño fruncido. Se lamentó interiormente. Si no iba a perdonarla por lo de la tarde, ahora muchísimo menos.

―Golpe directo ―dijo con una voz monótona que no era la suya. De la palma de su mano salió el hechizo con una fuerza y velocidad que no tenía esa tarde. Asustada, vio que Sesshomaru lo esquivaba con dificultad. Su brazo goteaba sangre.

―Rin, ¿qué estás haciendo? Primero lo de antes y ahora… ―se quejó alarmado Jaken al ver a ambos combatientes examinándose.

―¿Qué tienes en la mano, Rin? ―inquirió Sesshomaru interrumpiendo al otro demonio.

Ella no respondió sino que lanzó otro hechizo ofensivo a Sesshomaru. Él volvió a esquivarlo, notando cómo con el tiempo aumentaba la precisión en el ataque. Necesitaba que volviese a lanzarlo para ver mejor lo que Rin tenía escrito en la mano.

La joven trataba de detenerse, de reprimir la magia que pujaba por salir, pero todo era inútil. Cada vez los hechizos eran más peligrosos. Ya había herido a Sesshomaru y su cuerpo parecía pedir más violencia, más sangre. ¿Por qué pasaba eso, si aquel monstruo de Shin no le había inducido a que lo sintiera? Cuando un conjuro especialmente letal rozó el hombro de Sesshomaru, decidió actuar. Luchó contra sí misma para decir algo, alguna advertencia. Debía ser fuerte.

El demonio se dio cuenta de que algo cambiaba en Rin. Se había dado cuenta del kanji de poder que llevaba en la mano y que alguien le había puesto. La magia que pasaba a través de él salía con más fuerza, más velocidad, más poder. No podría aguantar mucho tiempo más si no luchaba con Bakusaiga y mataba a Rin. Pero no deseaba llegar a ese extremo.

―A-amo… Sessho… maru.

Se volvió hacia ella con mirada fría y calculadora. Rin estaba consiguiendo contrarrestar el veneno del lobo que circulaba por su cuerpo. Parecía imposible que una humana pudiera lograrlo una vez estuviera extendido de la forma en la que estaba, pero así era.

―Por f-favor… amo Sesshomaru… ―suplicó con lágrimas asomándole por la comisura de los ojos.

Entonces Sesshomaru supo qué hacer. Con movimientos en zigzag llegó hasta donde se encontraba antes de que decidiera lanzarle un nuevo hechizo. Le asestó un golpe seco con el puño en el estómago, provocando que la joven se quedara sin respiración. Poco a poco, todo se fue sumergiendo en las tinieblas que rodeaban a Sesshomaru. Luego, total oscuridad.

Se despertó adolorida horas más tarde, cuando la noche había hecho acto de presencia. El cielo estaba estrellado, como a Rin le gustaba, pero no lo estaba mirando a él. Aclarando la vista, la fijó en el demonio que la observaba con expresión imperturbable. Trató de levantarse.

―Amo Sesshomaru…

―No te muevas, Rin ―ordenó fríamente el demonio.

La joven miró su cuerpo vendado y luego se examinó la mano. Tenía un vendaje sobre la palma. Demasiado cansada como para seguir indagando, dejó caer la mano sobre el suelo. Sesshomaru tenía razones para estar enfadado. Había tratado dos veces de matarlo. Al final no lo había conseguido ―gracias a Kami―, pero decían que lo que importaba era la intención. Después de aquel agotador y conflictivo día, sintió que las lágrimas invadían sus ojos.

―Yo lo siento tanto, amo Sesshomaru. Fue mi culpa. Yo no quería… no sé por qué lo hice, pero yo no… No… No…

Sesshomaru vio con disgusto como Rin empezaba a llorar amargamente. Le habían dicho que a los humanos el llorar les reconfortaba el alma y les permitía seguir adelante, pero él odiaba verla en ese estado de dolor.

―Basta, Rin. De lo único que tienes culpa es de no haber obedecido mi orden de tomar el brebaje inmediatamente. Ha sido difícil expulsar todo el veneno que circulaba por el cuerpo, mas no imposible. Ahora estás bien, por lo que deja de llorar ―ordenó con voz dura.

Contrariado, observó cómo sus palabras provocaban que Rin llorase con más fuerza.

―Es cierto, soy una tonta. Ahora echaréis la culpa a Luka de mi error. Os lo suplico, no lo hagáis. Él sólo quería ayudar. Además, no debí acercarme a ese chico tan malo que me dibujó el kanji en la mano. Fue demasiado confiada. Vos me previnisteis contra ello y el ser distraída, pero yo hice oídos sordos.

―¿Chico? Háblame de él.

Rin le contó entre hipidos la historia mientras Sesshomaru iba frunciendo cada vez más el ceño. Con que así había sido, ¿eh? La joven no dejó de llorar cuando terminó, aunque ocultó la cara en la manta que habían colocado bajo ella. Sesshomaru dejó sus pensamientos para otra ocasión.

Recordó aquella noche en la aldea de los humanos, cuando Rin había estado tan reacia a seguirle. Recordó lo que había hecho para que le obedeciese. Con mano suave, levantó la cabeza de la joven y posó suavemente sus labios en los de ella. Rin abrió los ojos sorprendida. ¿La estaba besando de nuevo? Sin detenerse a pensarlo mucho, echó los brazos a su cuello para abrazarle con fuerza. Era como estar en el paraíso junto a Kami. Importaba a Sesshomaru, estaba segura. Y lo que era más importante: éste la había perdonado. No podía ser más dichosa.

―¿Estás ya mejor, Rin? ―preguntó el demonio tras unos instantes para asegurarse que su táctica había funcionado. Sonrió ligeramente viendo aumentada su vanidad cuando Rin le devolvió su habitual mirada ensoñada. ―Ahora debes dormir ―dijo con un poco más de dureza.

La joven asintió todavía sonriente y se recostó en la manta. Sesshomaru la miró hasta que cayó dormida. Había sido duro para ella, lo habría sido para cualquier humano. Mataría al responsable de aquel ataque.

Y es que ya sabía quién era el que había enviado al afamado pintor de sombras.

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