martes, 28 de diciembre de 2010

Capítulo dos [Ángel demoníaco]

Fic: Ángel demoníaco.
Pareja: Sesshomaru/Rin.
Capítulo: dos.
Género: Drama/Romance/Aventura.

____________________________________________________________________________________

~Capítulo dos.- Luka~

Rin frunció los labios, desencantada. Daba igual por dónde lo mirase. Era un completo desastre. Se puso de perfil y se compuso mejor el pelo, desordenado hasta decir basta. Su cara estaba limpia, tenía un aspecto saludable y sus labios no se habían cortado por el frío. No obstante, una parte importante de su aspecto fallaba de tal forma que el conjunto se echaba a perder irremediablemente.

¿Por qué tardaba Ah-Un tanto?, se preguntó observando su reflejo en el agua del río. Llevaba el mismo kimono desde hacía cuatro días. Normalmente le aguantaba limpio más tiempo, pero bastaba con que no tuviera recambios para que se le ensuciara a más no poder. Cuando era niña podía permanecer con la misma ropa dos semanas tranquilamente, y ni le molestaba ni le preocupaba su imagen. Ahora no podía soportar que la vieran así ―que alguien en especial la viera así―, la volvía loca. No estaba muy segura del porqué de su decisión de tener un aspecto correcto y elegante, pero algo quedaba claro: el tener barro, hierba y otras sustancias extrañas adheridas al cuerpo la hacía sentir muy incómoda. ¿Cuándo se había vuelto tan presumida? A Rin le preocupó la cuestión. Ella siempre había sido una chica práctica y de acción, ajena a la opinión de los demás. Por ende, ir cargada de suciedad o sudor tras un día de duro entrenamiento no la quitaba el sueño. Total, ¿qué importaba lo que murmuraran a sus espaldas las cotillas mujeres de la aldea o la desaprobación de los hombres? Tenía una serie de prioridades en la mente en las cuales la estética no participaba.

Pero el caso era que ahora tampoco debería obsesionarla su aspecto. ¿Cuál era su objetivo? Conseguir el Elíxir de Kami. ¿Qué era necesario para cumplirlo? Ser una sacerdotisa fuerte ―o bruja, según Jaken― y no vacilar cuando se requiriera su ayuda. No tenía que resultar atractiva mientras lanzaba un conjuro de repulsión o entonaba una melodía curativa. Todo era culpa de los ojos del señor Sesshomaru. Antaño nunca había podido descifrar qué transmitían, si es que la indiferencia no contaba como sentimiento. Rin percibía en el tiempo que había vuelto con él que eran analíticos, críticos. Los ojos de una mente calculadora y fría. Era evidente que a su amo no le interesaba su imagen, pero ella no podía dejar de avergonzarse cuando la observaba. Deseó volver a su infancia, cuando un demonio la había mordido y traspasado una interesante facultad por un breve lapso de tiempo. Poder leer los pensamientos de los demás. No había sacado mucho en claro en lo que se refería a Sesshomaru, pero aún así le gustaría retornar en el tiempo y entrar en los confines de la mente del misterioso demonio.

Se apartó de la orilla del río soltando un hondo suspiro y echó a caminar en dirección a la cueva donde habían instalado el campamento esa misma mañana. La temperatura había bajado tanto que era imposible negar la llegada del invierno. Por las noches solía hacer mucho frío ―razón de más para tener más ropa consigo, incluyendo la de abrigo que estaba en las alforjas de Ah-Un―. Sólo esperaba no resfriarse pues ahí no tenía hierbas curativas. Lo único que le faltaba era tener la nariz rojo y moqueante. Al llegar a la cueva, se dio cuenta de que Jaken no se encontraba ahí. ¿Habría ido por comida? El rugiente estómago de la muchacha deseó que así fuera. Al que sí vio fue a Sesshomaru, apoyado junto a su espada en la rocosa pared. Parecía reflexivo y Rin por un momento dudó en ir a hablarle. Decidió hacerlo ante la cada vez peor situación.

―Amo Sesshomaru―empezó situándose de pie frente a él. Éste abrió levemente los ojos y la miró sin mucha atención―. Amo Sesshomaru, ¿sabéis cuándo vendrá Ah-Un? ¿Va a tardar mucho más? Es que resulta que tenía algunas cosas importantes en sus alforjas y…

―Sobrevolando la zona le he visto a unas millas de aquí con el ala casi recuperada. Si para mañana está curada, vendrá volando hacia el mediodía; en caso contrario, le veremos por la noche.

Rin compuso una sonrisa llena de felicidad a lo que el demonio respondió arqueando una ceja.

―¿Qué es eso que tanto te preocupa, Rin?, ¿llevas algo de valor en las alforjas de Ah-Un? ―A pesar del grado de interés de la pregunta, la voz de Sesshomaru sonaba indiferente, como si el tema no le importase.

Un sonrojo cubrió el rostro de la joven. ¿Podría considerarse de valor la ropa? Para el señor Sesshomaru seguro que no ―un señor demoníaco tenía mejores cosas en las que pensar, y más dada su condición de guerrero―.

―Oh, bueno… Lo cierto es que había dejado allí algunas plantas curativas y… ya sabéis…

Sesshomaru frunció el ceño y la revisó atentamente con la mirada, buscando en ella signos de malestar o palidez pronunciada. Su aspecto seguía lleno de vitalidad y no actuaba como una persona enferma. No obstante, preguntó para asegurarse:

―¿Las necesitas para algo, Rin?, ¿te sientes mal?

―¿Qué? ―exclamó sorprendida ante la gravedad de su tono. Movió las manos frente a ella con negación y esbozó una pequeña sonrisa― No, no os preocupéis, señor Sesshomaru. Estoy perfectamente. Es sólo que me gustaría tenerlas a mano para emergencias. Últimamente está haciendo mucho frío ― "y estoy de lo más torpe", añadió mentalmente. Era débil, pero no quería que él se diera cuenta de cuánto. Las prácticas de encantamientos no resultaban tan sencillos sin supervisión de alguien que sabía realizarlo con soltura. De pronto se sintió nostálgica. ¿Qué estaría haciendo la señora Kagome en ese momento? ¿Cuidando a sus cachorros ―como llamaban los de la aldea cariñosamente a los hijos de la extraña pareja―? , ¿o tal vez a algún enfermo? ¿Habría entrado en batalla contra algún demonio peligroso? Rin se preocupó, aunque aquello no tuviese sentido: si la sacerdotisa Kagome y su marido no podían con un enemigo, poco podría ayudar ella.

Sesshomaru observó con atención la cantidad de emociones que pasaban por el rostro de su protegida. Resultaría interesante ver cómo trabajaba su cabeza. El demonio casi lanzó un gruñido. ¿En qué estaba pensando? Realmente, en los últimos tiempos meditaba las más insustanciales cuestiones.

―Hay hierbas curativas para resfriados comunes y heridas superficiales no muy lejos de aquí, en el camino hacia el este del bosque. Esta noche habrá una fuerte tormenta de nieve y desaparecerán. Si quieres, puedes recogerlas, pero debes volver rápidamente. Va a anochecer pronto.

Si hubiese sido Jaken quien le decía esas mismas palabras, le habría espetado que no era una niña y que podía cuidarse sola. Pero él era el señor Sesshomaru y Rin valoraba altamente sus consejos ―u órdenes que eran a todos los efectos―. No tardó mucho en localizar el lugar que el demonio le había indicado. Allí estaban los remedios para el frío y rasguños. Puede que pareciera algo extraño que llevase eso teniendo en cuenta la cantidad de batallas en las que participaba Sesshomaru, pero nunca estaba de más ir preparada. ¿Y si Jaken se resfriaba? Si no quería soportar a un gruñón enfermo, debía hacer algo.

Regresó a la cueva al cabo de un rato y esta vez sólo se encontró a Jaken, quien cocinaba dos peces ―últimamente le había dado por demostrar su "sorprendente" habilidad, para desgracia de la joven―. Comieron en silencio mientras el fuego se consumía lentamente. ¿Dónde estaría el señor Sesshomaru? Era tarde como para inspeccionar la zona.

Se enroscó junto a la pila de leña mientras aún ardía. Había sido un día largo y frío y su cuerpo estaba resentido. Si hubiese sido verano se habría dado un baño en el río para quitarse la suciedad de encima. Ahora temía convertirse en un cubito si se internaba en las heladoras aguas del arroyo. Haciéndose una bola para protegerse del frío de la noche, fue cerrando los ojos hasta que, sin darse cuenta, se quedó dormida.
_______________________________________________________________________________________
Unos ruidos la despertaron de su pacífico sueño. Realmente había dormido bien, sin tener que despertarse a media noche tiritando por el frío y teniendo que volver a encender el fuego con un penoso pulso ―lo cual también le daba problemas para dormir después―. Las luces de la mañana se vislumbraban tenuemente por la entrada. Rin se levantó con lentitud bostezando y estirándose perezosamente. Cuando estuvo completamente despierta, se dio cuenta de por qué había dormitado tan acogedoramente. Sobre ella se encontraba Fluffy, la suave estola blanca de Sesshomaru, enroscándose protectoramente contra su cuerpo. Parpadeó un par de veces. ¿Cómo había llegado eso hasta aquí? Al despejar su espesa mente, cayó en que sólo una persona podía haberla tapado con esa prenda. Se sintió dividida entre la vergüenza y la alegría ―no había que olvidar que Sesshomaru la había visto temblando de frío como un perrito abandonado y que por eso había echado a Fluffy por encima de ella―. Era un demonio realmente atento, aunque muchos no lo vieran.

Depositó la esponjosa estola sobre una roca cuidadosamente y salió fuera para echarse un poco de agua del río en la cara. Tras dar unos pasos, la joven se detuvo, maravillada. El amo Sesshomaru había tenido razón. Una fuerte nevada había estado azotando la noche con su habitual fuerza. El color blanco estaba por todas partes, reflejando la luz solar. Rin se puso una mano sobre los ojos mientras trataba de llegar al río sin darse de bruces con un árbol. Debía haber supuesto en qué estado estaría. "Pues congelado, tonta", se burló una voz en su cabeza sospechosamente parecida a la de Jaken. Chocó una de sus palmas contra la cara y se giró para regresar. El señor Sesshomaru estaba de vuelta en la cueva. Fluffy descansaba sobre sus hombros con su habitual elegancia, dando al demonio un aspecto frágil ―cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia―. No parecía que fuera a mencionar lo de "arroparla", por lo que Rin decidió seguir su ejemplo. Sabía por el tiempo que había llevado con él que no le gustaba hacer cosas que se interpretasen como gentiles o amables, aunque indirectamente las hiciera, y que mencionándolo sólo conseguiría que se molestase. La joven se encogió de hombros. Lo importante es la acción, no comentarla ―aunque se moría de ganas por agradecer a su señor su gesto―. Mientras cavilaba, no se dio cuenta de que Sesshomaru se había levantado y recogido su espada, colocándosela en el obi. Su suave voz la despertó de sus ensoñaciones y batallas mentales:

―Rin, avisa a Jaken. Es hora de irnos.

―Pero sigue durmiendo… ¿está bien que le despierte? ―preguntó dubitativa. Miró al rincón donde Jaken dormitaba con un aura apacible alrededor.

Como respuesta, cogió una pequeña piedra entre las tantas que se encontraban a sus pies y la tiró directamente al pequeño demonio durmiente con expresión imperturbable. Ésta rebotó contra la frente de Jaken, quien giró tres veces sobre sí mismo y abrió los ojos con aturdimiento.

―Amo Sesshomaru… ― gimió entre sueños. Rin se apresuró a acercarse y ayudarle a que se incorporara.

En menos de diez minutos se encontraban de nuevo en camino. La piel verdosa de Jaken tenía una pequeña rojez justo entre los ojos ―qué puntería la del señor Sesshomaru―, pero Rin le consoló diciendo que con un poco de nieve sobre el pequeño golpe el dolor remitiría ―aunque lo cierto es que el demonio estaba de sobra acostumbrado a ese tipo de llamadas de atención por parte de su amo―. ¿Era una especie de juego que se traía Sesshomaru con su sirviente? Tal vez le gustara pasar un rato de diversión como todo el mundo.

Del cielo gris empezaron a caer lentamente pequeños copos de nieve. Rin observó, extasiada, cómo estos se depositaban en su mano y se derretían. En su pueblo natal no había nevado mucho. Era más bien de clima lluvioso. Sólo recordaba una vez, cuando sus padres aún vivían, que se había levantado de la cama e ido a recoger ramitas del bosque cuando sus pequeños pies descalzos se habían topado con una sustancia fría, muy fría. Tanto, que la pequeña Rin no pudo evitar pegar un bote, sobresaltada, y caerse sobre el escalón que se encontraba en la entrada de la casa. Ese día sus padres les habían quitado las obligaciones para que se fueran a jugar con ese helador elemento. Como siempre, el recuerdo de sus padres y hermanos le trajo una oleada de nostalgia y melancolía. Sacudió la cabeza tras unos breves instantes. Ahora tenía una nueva familia.

Miró de reojo a Sesshomaru, que tan callado y cerrado había estado últimamente. Trató de imaginárselo como a un hermano. La propia idea la hizo soltar una risita. Poner a Sesshomaru, tan alto, elegante, frío y poderoso, junto a su hermano mayor Ren, un chico revoltoso, divertido, sucio y prepotente ―nunca la había dejado de llamar "enana"―, era una imagen de lo más cómica. Ya veía a su amo entrecerrando los ojos ante alguna de las expresiones de Ren y dejándolo con la palabra en la boca. Se lo tenía merecido; ella no era ninguna enana. Sonrió con tristeza. Su hermano debía tener veintitrés años, aunque nunca podría celebrarlos. Lo echaba mucho de menos.

Tratando de alejar aquellos deprimentes de su cabeza y no derramar las lágrimas que se habían agolpado en la comisura de los ojos, cogió un puñado de nieve entre las manos mientras continuaba caminando ―no resultaba muy difícil si se tenía en cuenta de que a cada paso que daba se hundía medio metro en la nevada superficie del camino―. Lentamente fue dándole forma. El frío le quemaba las manos y deseó tener consigo alguna de sus ropas de invierno, con largas mangas que le evitaban hacer cosas como esa. Logró dotar a la nieve de una forma de esfera casi perfecta. Se adelantó a sus acompañantes corriendo ―con cuidado, claro, no había que olvidar qué tenía a sus pies― y luego se puso de cara a ellos con una gran sonrisa. Jaken la miró con el ceño fruncido y el demonio blanco mantuvo su expresión indiferente. Dispuesta a quitársela y a revivir viejos momentos familiares, lanzó la bola con toda su fuerza a la cabeza de Sesshomaru. Al no tener mucha puntería, ésta se estrelló contra el estómago. La nieve se desprendió y se deslizó por el kimono del demonio hasta llegar parcialmente el suelo. Rin no pudo evitar estallar en carcajadas mientras el atónito silencio envolvía a los otros dos. Cuando la joven se tranquilizó, Sesshomaru abrió lentamente la boca para preguntar con voz de terciopelo:

―¿Me atacas, Rin?

¿Era indignación lo que apreciaba en la voz de Sesshomaru? Rin meneó la cabeza, sonriente. Aquello empezaba a parecer mejor de lo que había creído en un principio.

―Tal vez ―respondió divertida, lanzando otra bola de nieve que se estrelló contra la estática pierna del demonio. ―Defendeos, amo Sesshomaru.

Jaken despertó de su estupor al ver que la muchacha se preparaba para lanzar una tercera soltando una risa alegre. ¡Aquello era increíble! ¡Al señor Sesshomaru! Lleno de indignación, espetó a Rin:

―¡Por Kami y toda su grandeza! ¿Se puede saber qué tienes en mente, Rin? ¡Ya no eres una niña, deja de comportarte así! ¿Cómo te atrever a insultar al señor Sesshomaru de esta manera? Por una vez en tu vida, para de hacer tontería… ―Un nuevo proyectil helado le dio en la cabeza, cortando su reprimenda. Rin estalló en carcajadas cuando el anciano demonio pegó un salto, molesto, y cogió un gran montículo de nieve para lanzárselo.

Y así fue como comenzó la guerra de bolas de nieve. Sesshomaru se encontraba en medio del campo de batalla, preguntándose la razón por la que sus seguidores perdían el tiempo de esa manera. Una bola le dio en la nuca y se giró para fulminar con la mirada a su atacante. Rin escondió tímidamente la cabeza tras un árbol, con la sonrisa inocente de quien no ha roto un plato en su vida. El demonio suspiró. Por agradable que resultara ver que su protegida había recuperado su risa de niña, no podía permitirse retrasos, y menos con lo que había estado rastreando en los últimos cuatro días.

Con un movimiento elegante que pasó desapercibido por sus acompañantes, sacó a Bakusaiga de su obi. Carraspeó ásperamente para llamar la atención de los combatientes, pero estos le ignoraron. Frunció levemente el ceño. Odiaba que le ignorasen. Cuando Rin alzaba un puño en señal de victoria sobre Jaken, Sesshomaru cortó el viento con Bakusaiga. Un remolino de viento se produjo en el camino para el desconcierto de los otros dos. En cuestión de minutos quedaron enterrados bajo una espesa capa de nieve. Jaken la derritió con su bastón de las cabezas eficazmente, pero Rin no subió hasta la superficie. Soltando algo que quedaba a caballo entre gruñido y bufido de exasperación, Sesshomaru enterró levemente una garra en la nieve para sacar a una joven con ojos como platos tras unos cortos instantes. Rin esbozó una pequeña sonrisa ante el ceño fruncido de su señor.

―Gracias, amo Sesshomaru ―dijo con voz alegre. Se puso en pie sola y pasó a sacudírselas ropas.

El demonio iba a darse la vuelta para continuar el camino cuando atisbó por el rabillo del ojo los movimientos de la muchacha. No le dio tiempo a actuar.

―Suelta eso, Rin ―le advirtió lentamente. La joven miró dubitativa la bola de nieve que acababa de preparar y luego a Sesshomaru, indecisa ―. ¿Estás segura de querer pagar el precio de tus acciones, Rin? ―inquirió amenazadoramente, entrecerrando los ojos.

Rin soltó finalmente un suspiro y arrojó su arma al suelo. Sabía que Sesshomaru no la haría daño, pero no quería que se pusiera de mal humor ―si es que no lo estaba ya―. La verdad es que se había divertido mucho jugando. Hacía tiempo que no tenía unos instantes de descanso, de paz para simplemente disfrutar. Jaken era un duro oponente, pero el claro vencedor había sido el amo Sesshomaru. ¿Cómo podía haber pensado por un instante que no iba a participar en la pelea? Su señor odiaba perder, según recordaba. Una vez, cuando era niña, había echado una carrera contra él ―no hace falta hablar del resultado, ¿no?―. Competir contra él resultaba interesante ―aunque tal vez la palabra más adecuada para definir lo que habían hecho era "jugar"―. Resignada, supo que no habría muchas escenas como esa a lo largo del viaje, sin duda. Los gustos de Sesshomaru se remontaban a la guerra y… bueno, a la guerra. Rin se dio cuenta en ese momento que no sabía nada sobre lo que le gustaba hacer a su señor. ¿Qué habría hecho en esos siglos en los que no perseguía ningún objetivo? La joven se encogió de hombros quitándole importancia; ya se lo preguntaría algún día. No cayó en la cuenta de que ese gesto había hecho desplazar su kimono del hombro derecho, dejándolo descubierto.

Quien sí se fijó fue Sesshomaru, impaciente por continuar. La piel de Rin era morena, pero estaba perdiendo el color ante las pocas horas solares. Tenía un lunar en el hombro y unas pequeñas pecas en el nacimiento del brazo. Alargó el suyo para colocarle el kimono correctamente, pero a medio camino se arrepintió. Molesto por su propia actitud, dijo con brusquedad:

―Rin, ¿te parece inteligente llevar piel descubierta con una temperatura tan baja como ésta?

La joven lo miró al principio sin entender. Exasperado, Sesshomaru observó tras unos largos segundos que la idea había llegado a su cerebro y se apresuraba a corregir el descuido con un ligero rubor en las mejillas. Alzó una ceja ante ese fenómeno que se había estado repitiendo en el tiempo que habían estado en su viaje, tras dejar la aldea. No recordaba que la pequeña humana Rin se avergonzase con tanta facilidad, y le gustaría saber qué era lo que la incomodaba. No se lo iba a preguntar directamente, pero el asunto no dejaba de intrigarle.

Tras ponerse adecuadamente su kimono, Rin siguió al demonio blanco que había reemprendido el viaje junto a Jaken. ¿Por qué tenía que ser justamente él quien le dijera aquellas cosas tan abochornantes? Si Jaken le hubiera llamado la atención, ella le habría sacado la lengua y colocado su ropa sin mayor problema. Pero él siempre lo complicaba todo, aunque no era su culpa… Kami, estaba hecha un lío.

El paisaje cambió abruptamente, señalando la inminente entrada de un desierto. Los árboles desaparecieron de repente, en una zona en concreto. Apenas se oían los sonidos del bosque ―aunque con Sesshomaru allí siempre se reducían al mínimo―; los pájaros no cantaban, el rumor del viento contra las caducas hojas estaba apagado y no se veía ningún zorro o conejo deambulando por la zona. Era un paisaje desolador, aún estando todo cubierto por su admirada nieve. ¿Sería así todo el tramo del desierto? "No, claro que no. Seguramente sea peor", se dijo, deprimida en cuestión de unos segundos y olvidando el buen rato pasado hacía media hora. Karin solía decir que ella era como una flor: en primavera y en verano se abría en todo su esplendor, en otoño empezaba a apagarse y en invierno se volvía mustia ―sí, tener amigas para esto―.

Sin previo aviso, comenzó a levantarse un fuerte viento desde todas direcciones. Rin se volvió extrañada hacia Sesshomaru; él siempre era previsor en cuanto al tiempo meteorológico se refería. Un día antes podía explicar con precisión si llovería torrencialmente o haría un sol abrasador. Gracias a eso sabían cuándo hacer una parada y en dónde convendría realizarla. El que no hubiera previsto una nueva tormenta de nieve ―y de esa magnitud― era sorprendente. No obstante, supo que algo no andaba bien cuando vio la expresión del demonio. Cólera, entendimiento, rabia. Por primera vez, la mirada de Sesshomaru era como un libro abierto ―dado que hacía apenas unos años que había aprendido a leer, no había utilizado mucho esa expresión hasta hacía relativamente poco―. Dio un paso en su dirección para preguntarle a él o a Jaken qué sucedía, pero una ráfaga de viento frontal le impidió dar el siguiente.

Su vista se vio nublada de blanco. Los ojos le escocían y lagrimeaban por la fuerza del viento, y en el fragor de la nevada su llamada al señor Sesshomaru quedó ahogada. No veía lo que tenía a dos metros frente a ella. Intentó recordar algún hechizo para esa situación mas no dio con ninguno. Dificultosamente empezó a caminar hacia delante, donde creía que estaban sus acompañantes. Desesperada, se vio sola en aquel paraje. ¿Dónde estaba el señor Sesshomaru?

Se dijo que debía conservar la calma e ir caminando hasta encontrar un lugar donde refugiarse. No podía permanecer allí parada, tenía que permanecer en un lugar resguardado hasta que la tormenta amainase. Con esta idea en mente, se echó a andar con lentitud, ralentizada por la nieve del suelo y el viento de frente. Tal vez caminara durante media hora, pero si le dijeran que habían sido cinco no se extrañaría. No recordaba nada de lo que había alrededor. Claro, lo contrario hubiera sido sorprendente: todo era igual, blanco por la densa capa de nieve. El miedo se agolpaba poco a poco en su cuerpo, por mucho que ella tratara de contenerlo. Iba a morir congelada. Ni Jaken ni el amo Sesshomaru estaban ahí. El primero podría haberle dado algún consejo o tomado el mando de la situación y ella le habría seguido. Sesshomaru hubiera arreglado la situación, simplemente. Tal vez estuviera idealizándolo un poco, pero realmente le creía capaz de detener una tormenta de ese calibre.

Aliviada, contempló cómo entre las ráfagas de nieve se vislumbraban unas sombras de lo que parecía una estructura sólida. ¿Habría llegado a algún poblado? A pesar del lamentable estado de sus piernas, apretó el ritmo. Pronto podría sentarse frente a un cálido fuego y tal vez probar un tazón de sopa caliente. La idea le hizo sonreír, lo que produjo que seguidamente esbozara una mueca de dolor. Demonios, ahora tenía los labios cortados. Su cuerpo estaba insensibilizado por culpa del frío y mover un pie tras otro le costaba un mundo, pero no se detuvo. Las sombras estaban cada vez más cerca, casi al alcance de la mano… Aunque claro, también te puede parecer que puedes tocar las estrellas con las yemas de los dedos.

Con un quejido dolorido vio la estructura "sólida". No era más que un antiguo castillo. Y decía antiguo por no decir derruido piedra por piedra. Ni siquiera tenía dónde esconderse. Aún con el terrible estado de su cuerpo, un brillo de determinación relució en sus ojos marrones. No iba a rendirse tan fácilmente. Recorrió el lugar arrastrando los pies por la nieve ―que ya le llegaba a la rodilla― y creyó ver algo en un destello de luz. No era más que un desnivel. ¿Qué había emitido esa luz?

Una alarma se despertó en el interior de Rin y ésta se volvió con rapidez, pero no la suficiente. Un fuerte golpe a su espalda la arrojó al escarpado desnivel con brusquedad, arrancándole un grito que no se oyó. Su cuerpo rodó sobre la nieve a tanta velocidad que Rin quedó semiinconsciente, mareada por las vueltas y las heridas que las piedras le ocasionaban. Cayó sobre un saliente en un golpe seco. Por un instante, Rin perdió la respiración. Se asomó gateando hacia el final del saliente y miró hacia abajo, lo cual le produjo un aumento de las nauseas. Inspiró y espiró rápidamente, conteniendo las ganas de vomitar. No sabía cuánto tiempo estaría allí; no podía permitirse el perder la poca comida que reposaba en su estómago.

Casi arrastrándose por el suelo llegó a la zona más resguardada en las rocas. Hacía el mismo frío pero el viento no llegaba. Temblaba violentamente, sus pequeñas manos estaban blancas y casi congeladas. "No voy a llorar, no voy a llorar, no voy a llorar,…", pensaba una y otra vez mientras se abrazaba las piernas en posición fetal y ocultaba la cabeza en ellas. ¿Cuánto duraría así? En su estado no podía realizar magia, no estaba acostumbrada a conjurar nada en una situación extrema como aquella. Sólo le quedaba rezar a Kami y no perder la esperanza.

Un gruñido cercano le heló la sangre. Tuvo miedo de moverse, pues cada movimiento suyo ocasionaba un sonido amenazador que conocía demasiado bien. Rin negó con la cabeza con una sonrisa llena de ansiedad. Aquello debía ser una pesadilla. Lentamente fue alzando la cabeza sin identificar a la bestia que había emitido los ásperos gruñidos. Un montón de enmarañado pelo gris y blanco llamó su atención de entre las rocas que había en la pared frente a ella. Era verdad, estaba ahí. Un chillido de miedo quedó atascado en su garganta. Los ojos rojos, las afiladas garras, los puntiagudos dientes. Todo era igual a aquella vez. No, negó vehementemente sacando fuerza de donde creía que se había agotado. No iba a ser su fin. No volvería a morir de la misma manera.

El lobo lanzó un nuevo gruñido más alto que los anteriores cuando Rin se levantó para alejarse silenciosamente del peligroso animal. El pie se quedó quieto en el aire. Temerosa de hasta respirar, la joven se preguntó si la seguiría si echaba a correr. Seguramente sí: así eran los depredadores. Olían el miedo y se lanzaban ferozmente sobre su indefensa presa, quien se removía en vano hasta emitir el último aliento. Se puso en postura de batalla ―no es que supiera mucho de la lucha cuerpo a cuerpo, pero no le quedaba otra― y esperó. El lobo no se movió de su sitio. ¿Estaría esperando a que se diera la vuelta para atacarla? Se estremeció al pensar en los desgarradores dientes que marcaron su piel hacía tanto tiempo. Cogió una piedra del suelo y se acercó muy lentamente hacia la bestia inmóvil. El color rojo llamó su atención. Sangre, mucha sangre. Soltó la piedra, que cayó provocando un sonoro eco contra las tres paredes del saliente. La pata del lobo había sido gravemente herida, desde su posición podía verlo. Se sintió como una tonta. Claro, era evidente que el animal también había caído al desnivel, no había una entrada para llegar allí. Ese pensamiento la alarmó. ¿Cómo iba a encontrarla el señor Sesshomaru si no se la veía desde la superficie? "Encontrará la manera, Rin, tú no te preocupes".

Se fue acercando al lobo en tanto sus gruñidos se intensificaban. Las orejas del animal estaban echadas hacia atrás en postura amenazante. Y por si eso no le hacía volverse y echar a correr de miedo, también le mostró una hilera de agudos dientes. Rin se sintió dividida. ¿Debía ayudarle a costa de su vida? Ya una vez había comprobado lo letales que eran los lobos, no quería repetirlo una segunda. Además, éste estaba herido. Lo pensó durante un rato, pero rápidamente llegó a una conclusión: si iba a morir aquel día, mejor sería que lo hiciera ayudando a un herido. Kami acogía en su seno a aquellos de corazón bondadoso, o eso decía la anciana Kaede. Llena de una nueva valentía, se arrodilló a tan sólo un metro del lobo, quien la miraba con sus sanguinarios ojos rojos.

―No voy a hacerte daño, tranquilo. Tranquilo, tranquilo. Voy a ayudarte, no te haré daño. ¿Ves? N tengo ningún arma, sólo unas hierbas para curarte esa herida que tienes en la pata. ―Se sintió un tanto estúpida mostrándole al lobo las hierbas medicinales como si la entendiera, pero lo cierto es que funcionó. Los gruñidos cesaron, pero él continuaba con una mirada llena de recelo y amenaza. ― Bien, bonito. Tú no te muevas, ni me enseñes los dientes ni me comas, ¿de acuerdo? Soy toda pellejo y huesos, no te gustaría ―le decía con voz muy suave mientras estrujaba una de las hierbas en un puño y la volvía polvo. El animal no le quitó la vista de encima mientras lo hacía.

Con muchísimo cuidado le introdujo la medicina molida en la herida abierta. Apenas respiraba mientras lo hacía, preparada para levantarse y echar a correr en el caso de que el lobo se retorciera de dolor, pensase que quería atacarlo y la desgarrase con sus dientes. Tan concentrada estaba en su labor que no se dio cuenta de que el animal permanecía muy quieto y no emitía ni un quejido. Terminó con un suspiro de alivio. La herida parecía peor de lo que era en realidad. En unos días sanaría. Si salían de allí, obviamente, lo cual no quedaba muy claro.

Se agazapó de nuevo en su sitio cuando hubo terminado de vendar la herida con un retazo de tela de su kimono ―total, dudaba que pudiera deshacerse de la capa de suciedad que llevaba encima―. Intentaba no quedarse dormida, pues había escuchado a unos montañeros que dos años antes habían pasado por la aldea que dormirse con ese frío y a la intemperie podía suponer no despertar jamás. Los segundos transcurrían con dolorosa lentitud; empezaba a dudar que pudiera salir de esta. De pronto, el lobo se levantó renqueando y se acercó a ella. La joven lo observó desplomarse junto a su cuerpo y apretarse a él. El suave pelaje del animal le entibió las manos y su aceptación, el corazón. Apoyó una cabeza en su lomo, perdiendo completamente el miedo. Tal vez fuera el aturdimiento o el embotamiento de su cabeza; no importaba.

Poco a poco, su cuerpo fue recuperando el calor mientras la temperatura descendía. Sorprendida, miró el cielo. La tormenta estaba amainando y dejaba a la vista un cielo poco estrellado. Una noche muy nublada. ¿Cuánto tiempo había pasado allí tirada? Recostándose contra el pelaje del lobo, cerró los ojos. Tenía tanto sueño… Debía… debía dormir. No pasaba nada porque lo hiciera un rato. El sueño era demasiado pesado…

Un repentino graznido salió de la boca del lobo, quien se incorporó con velocidad. Rin se echó hacia atrás, pero ella no era el objetivo del animal. Con pasos torpes se dirigió hacia el exterior del saliente, se detuvo y comenzó a gruñir con más fuerza. La joven no supo qué hacer. Puede que hubiera una bestia peligrosa afuera y el lobo había salido a enfrentarla. No era justo, pero estaba tan cansada… No tenía fuerzas.

―Rin.

Sus ojos se abrieron repentinamente, su cuerpo se desemperezó. Sólo una voz en el mundo tenía ese tono, sólo una poseía esa suavidad en el habla y, a la vez, esa fuerza. Sólo una persona pronunciaba su nombre de esa manera.

―Se-señor Sesshomaru ―murmuró con voz débil. Tenía que ponerse en pie e ir con él. Su cuerpo no respondió a la petición de su mente, por muy desesperante que resultara.

El demonio se introdujo en la pequeña abertura del saliente ignorando los amenazadores sonidos que le dirigía el lobo blanco. Cuando la tocó, el lobo saltó sobre él. Sin mirarle, le golpeó con la empuñadura de su espada y lo arrojó contra la pared. Al ver que su inesperado amigo soltaba un quejido débil de dolor, Rin se levantó preocupada. Agarró el brazo con el que Sesshomaru se preparaba para descargar a Bakusaiga sobre el animal.

―No, por favor, amo Sesshomaru… ―le rogó con apenas fuerza. ―No me ha hecho nada. Le he curado y me ha protegido del frío… No le matéis, os lo suplico.

Mirándola intensamente, guardó de nuevo la espada en su obi no sin pensárselo un rato antes. Sin decir nada, atrajo a Rin a sus brazos. Su cuerpo estaba muy caliente y la joven no se detuvo a pensar en lo que hacía exactamente. Instintivamente, se apretó contra él, buscando deshacerse de ese frío que seguía royéndola por dentro. Sin soltarla, salió al exterior y miró hacia arriba. Rin leyó en su mirada lo que iba a hacer.

―Sesshomaru… el lobo no puede…

No consiguió terminar pues el demonio había dado un poderoso salto y luego otro, apoyándose en ambos lados del escarpado desnivel. En cuestión de minutos estaban en la tumba del que hubo de haber ido un gran y próspero castillo. Nada más tocar el suelo con los pies, Rin miró a Sesshomaru para decirle que tenían que volver a por el lobo, atrapado en el saliente. No podía dejarle ahí para que se muriera de hambre o frío. Él volvió a adelantársele.

―Ah-Un ―llamó con voz fría. El demonio de cuatro patas apareció tras un gran bloque de piedra. Rin esbozó una sonrisa a pesar de sus labios magullados ―, hay un demonio lobo bajando este desnivel. Cógelo y súbelo aquí.

Rin se llenó de confusión mientras Ah-Un desaparecía de la vista.

―¿Demonio? ―inquirió, sin creérselo.

―Sí, un demonio lobo común ―respondió simplemente él, mirando alrededor con ojos tan fríos como la nieve que tenía a sus pies.

Ahora todo tenía sentido. Los ojos rojos eran un claro distintivo, pero también que comprendiera lo que le decía y no la atacase cuando descubrió sus buenas intenciones. No obstante, seguía en una encrucijada mental. ¿Acaso ella no había muerto a manos de los seguidores de un demonio lobo? Sesshomaru no le dejó continuar por esa línea de pensamientos.

―No pude llegar antes porque el viento disipó tu olor.

La joven lo miró sorprendida. ¿Trataba de justificarse?

―No importa, amo Sesshomaru. Habéis llegado y me habéis salvado. Eso es lo importante ―contestó disfrutando de su calor corporal. Fluffy se enroscó a ambos cuerpos y acarició su mejilla.

―Dado que has gastado todas las hierbas curativas en ese lobo, tendrás que utilizar las que llevabas en las alforjas de Ah-Un para sanar tus propias heridas ―observó con voz templada. Así que también se había dado cuenta de eso. Rin nunca dejaba de sorprenderse de lo perceptivo que era su amo Sesshomaru.

―Fue horrible, señor Sesshomaru. No podía ver nada… el viento era tan fuerte… ¿Os podéis creer que me pareció que alguien me empujaba al desnivel? Parece mentira cómo puede cambiar el tiempo de un momento otro…

Rin, murmurando contra el kimono de Sesshomaru, no captó en pronunciado ceño fruncido que se había formado en su agraciada frente. El demonio trataba de ocultar su ira tras una máscara de indiferencia. Era lo que suponía. Debía darse prisa y acabar con todo esto.

En ese momento apareció Ah-Un llevando al lobo atravesado en su lomo. Al verse en tierra pegó un amplio salto. Claro, los demonios se curaban deprisa. Rin le sonrió y esperó a que se fuera, pero éste no se movió. Lentamente, se acercó a ella para lamerle las yemas de los dedos. La joven rió, encantada.

―Te llamaré Luka ―decidió pasando una mano por el áspero pelaje de su cabeza. Se detuvo al mirar en dirección a Sesshomaru ―. Bueno, si puede venir con nosotros, por supuesto. ¿Os importaría que él…?

―Si me molesta, morirá ―dijo con sequedad.

Rin abrazó el cuello de lobo. Ahora que su amo había dado el visto bueno a la idea, Luka era uno más del grupo. Nunca había tenido una mascota ―aunque tal vez fuera ella una mascota para él, dada su gran inteligencia y astucia demoníaca―. Emprendieron el camino que Rin había recorrido hacía muchas horas sin saber por dónde iba. Resultaba un agradable paseo con bonitas vistas. Tal vez el que no hubiera una fuerte tormenta influenciara en su nueva concepción del paisaje. Recordó de pronto algo.

―Amo Sesshomaru, ¿y Jaken?

―Le dejé en una cueva cercana.

Asintió sonriente y permaneció a su lado, junto a su nuevo amigo lobuno. No podía parar de sonreír, por extraño que pareciese. Unas horas antes había jurado que iba a morir y era presa del terror. Ahora era como si todo hubiese sido un mal sueño. Acababa de despertar.

Lo que no sabía es que la pesadilla de avecinaba mientras unos ojos rojos observaban en la distancia cada uno de sus movimientos, esperando el momento para actuar. Ya faltaba poco.

No hay comentarios:

Publicar un comentario