jueves, 6 de enero de 2011

Recuerdos de ojos verdes

Fic: Recuerdos de ojos verdes.
Fandom: Harry Potter.
Pareja: Severus/Lily.
Género: Drama/¿Romance?
_____________________________________________________________________

Besos apresurados, caricias ansiosas, placer malsano. Otra vez, de nuevo. Cuando ella entra y declara sus intenciones, te es imposible reprimir tus instintos. No puedes ser frío o responder con sorna a tales absurdas e inapropiadas palabras. Esa imagen que cruza el umbral de la puerta te sumerge en tu antiguo carácter, en tu yo joven no tan amargado. Porque, sí, en aquella época también sufrías en silencio, pero estaba ella con su sonrisa para olvidarlo todo.

―Pr-profesor ―gime, pero tú sólo escuchas salir de su boca un suave y dulce "Severus". La besas de nuevo para impedir que diga algo que rompa aquel delicioso encantamiento.

Bajo su falda, la piel es suave y tersa, tal y como te habías imaginado. En realidad, no podía ser de otra forma. Toda ella es suavidad y delicadeza. Sus cabellos rojizos refulgen a la tenue luz de las velas. Ese color parece aún más fuerte junto a los oscuros calderos y los sucios frascos de esta sombría mazmorra. No puedes hacer otra cosa que mirar los brillantes ojos verdes, independientemente de lo que estás haciendo. Así la ves de nuevo una vez más. Así puedes disfrutar de ella una vez más. Tu comportamiento es incorregible y absolutamente inaceptable. Lo sabes, pero decides no darle importancia. ¿A quién haces daño? Sólo a ti, y eso a nadie le importa.

Con un hondo suspiro ella baja de la mesa y se coloca correctamente la ropa arrugada. Sonriente, se vuelve y te dice con picardía:

―Deséeme suerte para el examen de pociones de mañana, profesor.

Observas como se va pensando que sí, que no tienes otra opción que beneficiar académicamente a cada una de esas descerebradas niñatas. Después de todo, es culpa tuya. Tú las haces acudir a ti con esperanzas de subir su raquítica y risible nota a cambio de algo tan fácil como ofrecer su cuerpo. Ellas saben cuáles son tus únicas condiciones.

Siempre pelirrojas. Siempre de ojos verdes.

Otra no vale, ya lo han intentado. No entienden por qué, pero no reflexionan demasiado sobre la extraña conducta del profesor más frío y excéntrico de Hogwarts. Los requisitos están a la vista, sólo hace falta ser discretas. Las Slytherin son las mayores beneficiadas por el extraño fetichismo de su profesor y las que más encantadas acuden a él. Se creen que ellas son tus preferidas, dado que pertenecen a la casa que lideras.

No saben que tú las desprecias a todas.

Porque ellas cumplen tus más oscuros deseos, pero a la vez te recuerdan lo que en verdad deseas y no puedes conseguir. Únicamente se parecen a ella en aspecto, pero en nada más. Tu enfermiza obsesión alimenta el recuerdo y vuelve tu deseo insaciable, sumergiéndote en la más absoluta oscuridad, hundiéndote un poco más al tocar a una nueva alumna. Porque tus deseos nunca se hicieron realidad en el pasado. Porque Lily Evans nunca fue tuya.

Y no iba a serlo nunca más.
Leer más...

martes, 28 de diciembre de 2010

Capítulo cuatro [Ángel demoníaco]

Fic: Ángel demoníaco.
Capítulo: cuatro.
Pareja: Sesshomaru/Rin.
Género: Drama/Romance/Aventura.

_________________________________________________________________
 
 
~Capítulo cuatro.- Una nueva pista~

El sol matinal arrojaba débiles rayos de luz sobre las rocas del árido paisaje. El frío era palpable por aquellos parajes de un modo casi insoportable. Gracias a Kami, Rin llevaba ya su abrigada ropa de invierno y apenas notaba la temperatura de su alrededor ―cosa que no pasaba con Jaken, quien tiritaba visiblemente para su enojo y orgullo herido―.

La joven no podía caminar muy bien todavía y le hubiese gustado ir a lomos de Ah-Un, pero el demonio la esquivaba cuando veía venir cual intento de subírsele encima. Rin seguía sin comprender qué era lo que le molestaba o qué se suponía que le había hecho para que ni siquiera la mirara. Le dolía su actitud, pues recordaba buenos momentos de cuando era una niña junto al demonio. Había tratado dos veces de hacer las paces con él, acercándose con una gran sonrisa y tratando de acariciarle suavemente la frente, pero el gruñido que había emitido fue determinante para cortar de raíz sus buenas intenciones. Jaken tampoco sabía nada del asunto, ni tan siquiera comprendía por qué el amo Sesshomaru dejaba a Ah-Un tener esa postura desafiante. Era impensable que un subordinado suyo tuviera esa actitud. El demonio sapo contuvo un estremecimiento. Si él actuara así, Sesshomaru… Mejor ni pensarlo.

Rin hizo una mueca al pisar mal entre dos piedras, pero no se quejó. No quería molestar más de lo que ya había hecho ―si es que podía llamar "molestar" a tratar de matar a su querido señor Sesshomaru…―. No, no diría una palabra. Daba igual que sus piernas se cayeran a pedazos, ella no soltaría el más diminuto lamento. Dirigió una mirada disimulada a la esbelta figura que caminaba grácilmente unos metros delante de ella. ¿Había soñado ese delicioso momento?, ¿o de verdad la había besado? Pese a ser terriblemente frustrante, no conseguía recordar nada con claridad. Siendo sincera, no veía posible el que su señor se acercara y acariciara sus labios con los suyos así, por las buenas. ¿Por qué debería hacerlo? Después de todo, ella lo había complicado todo. Sí, había sido un sueño, pero tal vez el mejor que había tenido en la vida. Casi sentía sus labios calientes cuando los tocaba con sus frías manos. Su corazón se aceleraba y su respiración se agitaba. Rin suspiró disgustada. Actuaba como una tonta. Ni tan siquiera el beso había tenido lugar. "Tonta, tonta, ¡tonta!", se repitió mentalmente llena de turbación.

―Rin, ven aquí.

La muchacha levantó la vista al instante hacia delante, sonrojándose. Mientras se decía para sí que no tenía ninguna razón para estar avergonzada, se situó al lado de su señor Sesshomaru, quien no la había mirado en ningún momento. Él lucía el aspecto de siempre: perfección terrenal. Jaken le había dicho muchas veces que era muy parecido a su padre, Inu no Taisho. Nunca supo si se refería a su poder demoníaco o a su evidente belleza, pero en ningún momento se le ocurrió preguntar―¡lo que le faltaba para que el demonio acabara de burlarse de ella! ―. Si fuera esto último, no le extrañaba nada que dos mujeres tan hermosas como Irasue, la madre del amo Sesshomaru, o Izayoi le hubieran amado. Al pensar en la madre de Inuyasha se ensoñó; ¡se enamoró de una humana! A pesar de lo que pensaran el resto de los demonios, él lo hizo. ¿Podría su hijo…? "Deja de pensar en cosas estúpidas, Rin".

―¿Tu herida ha sanado bien, Rin? ―preguntó Sesshomaru con voz impasible sacando a la joven del remolino de sus pensamientos.

―Yo… esto… Ah, claro ―balbuceó con una sonrisa nerviosa y ojos brillantes.

―Te distraes con facilidad. ―No era una pregunta.

―Lo siento.

―Debes concentrarte más, Rin. Por cosas como estas sucedió lo del lobo ―declaró con frialdad.

A Rin se le demudó la cara. Se removió nerviosamente mientras seguía manteniendo el paso junto al demonio.

―Lo lamento tanto, amo Sesshomaru. No volverá a pasar, os lo prometo ―juró tratando de adoptar una postura decidida.

―Eso espero. Pero no era de esto de lo que quería hablar. Cuando el sol se ponga voy a ir a visitar a alguien. Volveré mañana al mediodía. Díselo tú a Jaken, últimamente está más decidido a molestarme con sus tonterías que de costumbre ―añadió echando una breve mirada al pequeño demonio que peleaba con Ah-Un por subirse sobre él.

Rin hizo lo mismo. Jaken se quejaba con frecuencia de la actitud de Ah-Un, pero el señor Sesshomaru le ignoraba. También había refunfuñado una que otra vez por su propia conducta, a lo que la joven se había alegrado de que el demonio hiciera oídos sordos. Volvió la vista hacia él de nuevo.

―¿A quién vais a visitar?

―Eso no es de tu incumbencia, Rin. Ocúpate de decírselo.

Rin encajó la contestación con una leve sonrisa.

―No os preocupéis, señor Sesshomaru. Lo haré.

Él no contestó, como Rin esperaba. La siguió con la mirada mientras se giraba, volvía sobre sus pasos y se ponía a la par que Jaken. Miró al horizonte con expresión indescifrable. Ella no parecía encontrarse mal por la herida, por lo que el veneno debería estar totalmente extraído. Estaba un poco más deprimida que de costumbre, así que había supuesto a que era debido al corte que tenía en la mano. No era muy profundo, pero sólo era una humana; y de entre los humanos, las mujeres y los niños eran los más débiles. Y siendo Rin casi una niña… Frunció el ceño. No debía haberla besado. Por mucho que hubiera sido para que parara de llorar, no tendría que haberlo hecho. No había sido igual a la primera vez, pero no alcanzaba a precisar en qué. Lo que más le había preocupado es que ella sacara conclusiones precipitadas. No obstante, Rin no había hecho la más mínima alusión al beso. Sesshomaru no sabía cómo encajar eso. ¿No tenía importancia para ella?, ¿qué buscaba? Acentuando aún más el ceño de su frente, decidió adelantar su marcha.

Rin observó al demonio mientras se perdía en el horizonte. ¿A quién iba a visitar?, se preguntaba con curiosidad. Estaban en medio de un desierto, no entendía quién podía vivir allí. ¿Un demonio roca?, ¿una roca demonio?

―¿Sabes quién vive por aquí, abuelo Jaken? ―preguntó volviéndose al pequeño demonio.

―No, no lo sé, Rin. ¡No me molestes con preguntas tontas! Estoy demasiado ocupado tratando de contener a esta bestia para que podamos acampar.

La "bestia" le respondió con un profundo gruñido que le hizo retroceder. Luka se situó frente a Jaken con una postura agresiva.

―¡Mirad, ahí hay un sitio para pasar la noche! ―exclamó alegremente Rin ignorando a todo el mundo y dirigiéndose a una pequeña zona llana rodeada de altas rocas. ―Ahí no nos dará el viento. Es realmente cortante. ¿Qué hacéis ahí parados? ¡Vamos!

Lentamente dejaron de mirarse amenazadoramente y la siguieron. Rin suspiró con alivio unos metros delante de ellos. Había tenido suerte, últimamente los nervios de sus acompañantes habían estado realmente a flor de piel. Temía que finalmente explotaran ahora que Sesshomaru los había dejado por un rato.

Comieron en silencio los pequeños animalillos que había cazado Luka esa mañana. El fuego era muy débil en comparación con el frío del ambiente. Rin contuvo sus ganas de acercarse a Ah-Un para coger de sus alforjas una manta de lana. No quería problemas cuando estaba tan cansada. Se acurrucó junto a las llamas y cerró los ojos.

Un estornudo la despertó. Somnolienta, se incorporó mientras se restregaba los ojos con parsimonia. El cielo todavía no había aclarado. Soltó un sonoro bostezo y terminó de levantarse. Entonces se dirigió hacia el lado opuesto de la pila de cenizas.

―Abuelo Jaken, ¿estás malo?

El pequeño demonio la miró de reojo y se acurrucó más en su manto. No obstante, su voz fue de evidente burla:

―¿Yo, enfermo? ¡Cómo se te ocurre! Sólo los humanos pillan un resfriado.

―Yo no he dicho que hayas pillado un…

―¡Vuelve a la cama, Rin!

"Demonios", se dijo condescendiente para sí mientras meneaba la cabeza. Antes muertos que confesar que ellos también podían sangrar, como todos. Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza. No le extrañaba que Jaken hubiera cogido frío. Su mirada adquirió un cariz de decisión. Iba a ir donde Ah-Un y coger más ropa de invierno. Si se lo daba, bien; si le plantaba cara… ya lo pensaría sobre la marcha. Que nadie dijera que ella no era capaz de improvisar. Echó a andar hacia detrás de la roca donde había visto al demonio descansar la noche anterior.

―Ah-Un, tengo frío y querría ponerme más abrigo. Ya sé que últimamente estás de morros y no me hablas, pero creo que podríamos arreglar las cosas y… ―Detrás de la roca no había nadie. Rin se paró confusa. ― ¿Ah-Un?

Gritó su nombre varias veces más, pero sólo escuchó en respuesta su propia voz rebotando contra las escarpadas paredes rocosas. ¿Ah-Un se había ido? Asustada, corrió de nuevo junto a Jaken, quien se había quedado dormido.

―¡Abuelo Jaken, despierta! ¡Ah-Un se ha ido, debemos buscarle! ―exclamaba rápidamente mientras le sacudía.

―Todos tenemos necesidades, Rin… Ya volverá… ¡y deja de quitarme la manta!

―¿Qué? No, no se ha ido a "eso", no se habría alejado tanto. ¡Se ha marchado! ¡Tenemos que ir a buscarle!

―Bah, ya tiene sus años. Que vuelva él solito. Después del trato que le ha dado al viejo Jaken estos días, que no espere que le ayude, no…

Rin miró indignada cómo el pequeño demonio volvía a taparse y cerrar los ojos. ¡Esto era increíble!

―Abuelo Jaken ―empezó de nuevo con tono razonable―, si no te preocupa Ah-Un, muy bien, puedo llegar a entenderlo. Pero tal vez si te pueda llegar a inquietar (¿un poquito?) lo que diga el amo Sesshomaru como vuelva y no le vea. Más aún: lo que dirá como sepa que no hemos salido a buscarle.

Jaken se incorporó de golpe y la miró con inseguridad. Trató poner un tono de desdén al contestar:

―Bah, ¿por qué iba a importarle al señor Sesshomaru eso? Dirá lo de siempre: ya volverá ―aventuró no sin cierto nerviosismo en la voz.

―¿He mencionado que llevamos TODO (ropa, comida seca, hierbas medicinales y varios utensilios) en las alforjas de Ah-Un?

―¡Pongámonos manos a la obra enseguida! ¿Por qué no me has despertado antes, niña tonta? ¡Siempre tengo que hacerlo todo yo! ―se quejó a viva voz mientras Rin rodaba los ojos― ¡Luka, vamos, en marcha!

El demonio lobo abrió un ojo y poco a poco se fue estirando con pereza. Rin se iba a acercar a acariciarle detrás de las orejas, pero en ese momento Luka bostezó. La visión de los afiladísimos dientes la hizo palidecer y redirigir su trayectoria. Mientras recogía la fina manta que había utilizado para dormir, se regañó a sí misma. "Es Luka, tonta, ¡no te va a hacer nada!", pensó mientras dejaba escapar un risita nerviosa.

―¿Todavía estás así, Rin? ¡Vamos!

―Sí, sí.

Sus voces resonaban a lo largo del camino rocoso, pero nadie contestaba a su reclamo. ¿Ah-Un les ignoraba deliberadamente o se había alejado tanto que no les oía? Con el paso del tiempo Rin empezó a preocuparse. ¿Y si Ah-Un les estaba escuchando pero no podía responder?, ¿estaría herido por algún otro demonio del desierto? Poco a poco su voz se fue enronqueciendo, por lo que se mantuvieron en silencio mientras caminaban. Un graznido alegre salido del hocico de Luka les sobresaltó.

―¿Qué pasa? ―exclamó Jaken sorprendido mirando al demonio, quien movía la cola animadamente.

Luka estaba eufórico. Pegaba pequeños saltitos y se posaba sobre sus patas delanteras como si estuviera jugando. Rin sonrió sin poder evitarlo. Hacía mucho tiempo que no veía así el demonio. Se había deprimido a raíz del incidente con el veneno que pasó a Rin cuando estaban entrenando. Sesshomaru le lanzaba unas miradas mortíferas, de esas que hielan la sangre ―así las había sentido Rin, y eso que no estaban dirigidas a ella―, y se refería a él como "inútil bestia". Cuando se acercaba a la joven para lamerle la mano, arrepentido, una sola mirada de Sesshomaru le echaba hacia tras velozmente.

Luka volvió a aullar animado y Jaken frunció el ceño.

―A ver, Luka, ¿Ah-Un está cerca? ―El lobo meneó la cabeza alegremente― ¿Has olido comida?, ¿no? Mmmm… Muy bien, me rindo: ¿qué te pasa, por Kami? ―El demonio le devolvió una mirada profunda con sus ojos lobunos―. ¡Maldición! ¿Por qué no podías hablar? Como el amo Sesshomaru no me dirige apenas la palabra, en ocasiones extraño una conversación intelectual, entre iguales…

―¡Yo puedo hablar contigo, abuelo Jaken! ―se ofreció Rin con una gran sonrisa.

―¿Qué parte de "intelectual" o "entre iguales" es la que no has entendido, niña tonta?

―Eres… ―empezó a decir ofendida.

―¿Qué es eso? ―inquirió Jaken abriendo mucho los ojos.

Rin se volvió malhumorada pensando que quería distraerla, pero efectivamente algo no cuadraba en el paraje. Una enorme masa de viento se arremolinaba en la lejanía de forma muy poco natural. Con curiosidad, Rin dio dos pasos al frente para salir de detrás de las paredes de piedra y poder verlo mejor, pero Jaken la detuvo agarrándola del brazo. De un tirón la puso detrás de él. Luka volvió a removerse contento.

―Jaken, ¿qué…?

―No digas nada, Rin. Tampoco te muevas ―le advirtió con el ceño fruncido y asiendo fuertemente el bastón de las cabezas. Rin permaneció en silencio por cautela.

El remolino iba en línea recta, así que no llegaría donde estaban ellos. Jaken suspiró audiblemente. Al sentir su brazo aflojarse, Rin se soltó con confusión.

―Bien, parece va a pasar de largo. No hay de qué preocuparse ―aseveró el pequeño demonio. La joven esperó a que le explicara qué iba a pasar de largo, pero ante su silenciosa satisfacción solo dijo con ironía:

―Oh, sí, menos mal que no nos han encontrado. ¡Eso sería horrible! ―añadió con una risita dando un salto. Su pelo se expandió completamente en el aire y se depositó en sus hombros suavemente.

Se oyó un silbido del viento más alto en ese momento. Cuando se volvieron a mirar, comprobaron que el remolino había cambiado de dirección. Jaken le dirigió una mirada colérica:

―¡Idiota, te dije que no te movieras! ¡Te ha olido! ―gritó mientras volvía a cogerle el brazo con fuerza.

―¿Olido…? ¿Cómo que olido? ¿Qué es eso, abuelo Jaken? ―La voz de Rin ahora era asustada.

Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, pero no por frío esta vez. Ya había sentido antes esa sensación. El miedo empezó a dominar su cuerpo sin saber cuál era la razón. Los graznidos de Luka la ponían aún más nerviosa, y no pudo evitar retroceder un par de pasos― arrastrando a Jaken a su vez―.

Cuando la gran masa de aire arremolinada estuvo a diez metros de ellos, sólo tuvo un desesperado pensamiento: "Venid pronto, amo Sesshomaru".
_________________________________________________________________

Sesshomaru miró con indiferencia la sangre de sus garras y luego al pobre diablo que había osado cortarle el paso. No sentía pena por él así como no la sentía por los débiles y los estúpidos. Y había demostrado sobradamente que era ambas cosas. ¿Cómo podría ser de otra forma si le había repetido que no tendría piedad si no se apartaba de su camino? Era verdad que por aquellos parajes no le conocían, pero el sentido de la supervivencia estaba extendido a todas las criaturas ―menos a su medio-hermano, claro―. Siguió caminado como si nada hacia la gran mansión de piedra que se imponía sobre los riscos rocosos. Había que fijarse mucho para darse cuenta de que estaba allí, pues se mimetizaba completamente con su entorno. Sesshomaru se habría pasado de largo la primera vez que estuvo recorriendo esa zona si no hubiera percibido vida demoníaca dentro.

Un segundo demonio le salió al paso para su molestia.

―¡Alto! ¿Cómo has logrado llegar hasta aquí? ―inquirió con agresividad mostrando sus filosos dientes ― No importa, da un paso más y te descuartizo. Eres también un demonio, ¿verdad? ¿O tal vez un humano? ―volvió a preguntar mirando con desconfianza el aspecto del intruso.

Sesshomaru casi dejó escapar un bufido burlón. Éste tampoco era muy poderoso. Qué gracia. Si ni tan siquiera podía percibir su energía demoníaca que podía confundirlo con un humano… Frunció el ceño. No, no le parecía en absoluto gracioso. Posó una mano en Bakusaiga, sin intención todavía en sacarla ―esa diminuta alimaña no tenía una sangre merecedora de ser la envoltura de su espada―. En cambio, dijo con voz muy suave:

―Dile a tu amo que tiene visita.

El guardia no prestó atención a lo que decía. Dio varios pasos al frente.

―¿Quién eres? Mi señor no me ha comunicado que esperaba visita y no te había visto antes, por lo que eres un enemigo.

―¿Y por qué alguien como tú debería haberme visto antes, me pregunto? No lo repetiré de nuevo: avisa a Ryota de mi llegada. No te gustaría que yo mismo me habrá paso, escoria.

―¡¿Cómo te atreves? Voy a…

―¡BASTA!

Ambos demonios se giraron en la dirección de donde provenía esa orden. Una mujer demonio se acercaba a ellos con expresión a caballo entre agitada y furiosa. Se detuvo en medio de ambos y dio la espalda a Sesshomaru. Con grandes aspavientos, empezó a gritar:

―¿Qué se supone que haces? ¡Ponte a trabajar, estúpido!

El demonio se puso a la defensiva escondiendo sus dientes.

―Eso es lo que hacía. Él…

―Él, él. ¡Él nada! Vuelve a tu puesto, que yo me encargo de esto.

Sesshomaru torció la boca al ver que se refería a él como "esto". Ryota debía atar más en corto a sus subordinados ―o tal vez tenía la mala suerte de encontrarse con los más incompetentes―. Pero no había venido aquí para eso. Se dirigió a la mujer con tono cortante.

―Llévame donde está tu amo en este mismo instante. No tengo tiempo como para perderlo en estas bufonadas.

Los ojos de ella estaban brillantes cuando se giró para mirarlo. Esa actitud no le sorprendió, esa mansión estaba llena de idiotas.

―¡Señor Sesshomaru, cuánto tiempo sin verle! ¿Me recuerda? Soy Honoka. Nos vimos en su segunda visita. Bueno, yo os vi desde lo lejos, pero…

―¿Estás sorda, mujer? Te he dicho que me lleves donde tu señor. Mi paciencia tiene un límite, y está durando más de lo que suelo tolerar.

Honoka hizo un mohín de disgusto con los labios al ver que no la llamaba por su nombre y señaló una puerta que estaba en la esquina. Le guió por uno de los pasillos laterales antes de conducirlo por el general. Estaba decepcionada, cualquiera que la mirara se daría cuenta. Había esperado que el Lord de las tierras del Oeste se deslumbrara aunque fuera un poquito con su hermosura o que hiciera algún comentario. Todos allí alguna vez la habían alabado en alguna ocasión, normalmente la primera vez que la veían. Pero él no, claro. Frunció el ceño sin que el demonio, quien la seguía, se diera cuenta. No se iba a dar por vencida. Si no fuera tan bello podría replanteárselo, pero habiéndole visto tan de cerca… No, ni hablar.

―¿Qué os trae por aquí, señor Sesshomaru? ―preguntó con alegre simpatía girándose a mirarlo directamente.

―Nada que pueda interesar a una sierva como tú ―le espetó fríamente.

"Ladras ahora, pero terminarás comiendo de la palma de mi mano", pensó con rabia. Con el orgullo herido presente en su voz, preguntó:

―Hubieras preferido que Himeko estuviera aquí, ¿verdad? Lo lamento, pero sólo estoy yo.

Sesshomaru no contestó pues no lo vio necesario. Honoka hizo una seña y un guardia abrió la puerta corredera dejándole pasar. Era una habitación frugal, típica de una casa mucho más humilde. La riqueza se veía en los detalles ―telas de seda, adornos antiquísimos de demonios y también de humanos,…―; Ryota no era un demonio ostentoso. Más bien era algo parecido a un ermitaño acogido en su soledad.

―Cada vez que vengo veo más guardias, Ryota. ¿De repente agradeces la compañía o ves cercana a tu querida amiga, la muerte? ―inquirió con serenidad mientras se sentaba frente a él.

Era un demonio realmente mayor. Su piel estaba gastada por culpa del paso de los años, y donde antes hubo una espesa cabellera rojiza ahora sólo quedaban algunos mechones canos y desaliñados. Sus ojos eran la única muestra de que una vez había sido joven, brillantes y de tonalidad violácea. Parecían llamas en mitad de la cara.

―No bromees con esas cosas, Sesshomaru ―refunfuñó mientras bebía un sorbo del cuenco que tenía frente a sí. ―¿A qué viene esta inesperada visita? ¿Qué problemas podrías tener tú para acudir a este débil viejo?

―Deja esa falsa humildad de lado, Ryota, no casa contigo ―le cortó sin dejarse sorprender.

Él se quedó callado un momento pero luego rompió en carcajadas.

―Falsa humildad, ¿eh? Nunca cambiarás. Debes aprender a ser más educado con tus mayores, y más si buscas algo de ellos, ¿no crees? ―ironizó mientras despedía a los siervos con un gesto. Cuando se quedaron solos, preguntó con curiosidad ― Pero no logro entender la razón de tu llegada, ¿qué buscas?

―Vengo a reclamar la deuda pendiente, Ryota. No olvides que yo te salvé la vida, ahora espero que tú me devuelvas el favor.

―Sí, sí ―se quejó el anciano demonio―. Deja de darle vueltas al asunto, Sesshomaru, tú siempre has sido directo. ¿Qué quieres de mí?

―Busco el Elíxir de Kami. Dime su localización exacta ―dijo mirándolo directamente a los ojos, buscando una reacción que no se hizo esperar.

―¿El Elíxir de Kami? ¡Eso no es más que un mito! Pero supongo que algo podré arreglar ―añadió al ver la mirada heladora del demonio blanco― Tengo a mi servicio a alguien que se instruyó con un nigromante y conoce todo sobre este tipo de misticismos. A mí no me interesa en absoluto, pero veo que a ti sí ―gruñó con molestia.

―Bien, ¿dónde se encuentra?

―No está aquí, pero creo con casi total seguridad que la conoces. Su nombre es Himeko, ¿la recuerdas?

Sesshomaru hizo memoria y la vio. Sí, la conocía. Mucho tiempo atrás, cerca de tres siglos, le había acompañado en su busca por ser más y más fuerte. Era una demonio fuerte por aquella época, debía serlo mucho más en la actualidad.

―¿Cuándo volverá? ―preguntó con simplicidad.

―En unos días. Salió ayer a cazar a las afueras del desierto y eso es lo que tarda en ir y volver. Puedes quedarte aquí a esperarla si lo deseas ―le ofreció a regañadientes.

Era lo que Sesshomaru esperaba, pero necesitaba asegurar su postura antes de que el solitario Ryota se echara para atrás.

―Tengo tres acompañantes más y una mascota. Imagino que tu generosidad también se extiende a ellos ,¿no es cierto?

Ryota se quedó unos momentos callado, pero al final gruñó:

― Claro, llena mi casa de extraños. No hay nada más encantador.

―No sabía que ahora te gustaran las cosas encantadoras ―comentó Sesshomaru arrastrando las palabras al tiempo que se ponía en pie.

―¿Ya te vas? Venga, ahora que te vas a quedar irremediablemente aquí déjame darte la bienvenida. Bebe un poco de sake conmigo, Sesshomaru ―siseó entrecerrando los ojos, como desafiándole a no aceptar su hospitalidad.

Sin poder hacer otra cosa, el demonio blanco se sentó y esperó pacientemente hasta que aquel demonio se quedara dormido por su evidente embriaguez.

Realmente, todos en aquella mansión eran unos idiotas.
_________________________________________________________________

―¡Alto! ¡No te acerques más! Muéstrame quién eres ―ordenó Jaken blandiendo con fuerza su bastón llameante. Con lentitud se fue dispersando la polvareda y, con ella, el remolino de viento.

Rin entrecerró los ojos para tratar de identificar a quien fuera que estuviese ahí dentro, pero no lograba ver nada. La sensación de desosiego permanecía en su pecho de forma punzante, indicándole que algo no andaba bien. Cuando el viento por fin paró, una voz se levantó por encima de los riscos rocosos:

―¡Kagome!

Rin parpadeó sorprendida y Jaken gruñó. ¿Kagome?

―Kagome, querida, ¿qué haces en este lugar? ―Una figura se abrió paso en medio de la polvareda con una gran sonrisa. Detrás de él se oyeron unos gruñidos escalofriantemente familiares para Rin, quien retrocedió asustada.

Tras la figura aparecieron muchas más, y sólo entonces la joven supo por qué Luka estaba tan contento: los estaban rodeando una manada de lobos. Eran exactos a los de aquella vez: pelaje gris, ojos rojos, puntiagudos dientes,… Rin se llevó una mano al pecho. Su corazón latía con tanta fuerza que parecía que se le iba a salir.

―Kagome, ¿por qué no dices nada? Ya sé que ha pasado tiempo, pero dudo que hayas podido olvidarme. ―Kouga sonrió con vanidad y se acercó unos pasos más hacia ella. No notó que Rin retrocedía en tanto él se adelantaba.

Jaken se situó frente a ella con enfado.

―¿Qué hace un pestilente lobo como tú por aquí? Sin ofender ―añadió al ver reproche en la cara de Luka―. Esto, sí, ¡márchate ahora de mi vista o atente a las consecuencias!

―Vaya, ¿tienes a "esto" por escolta? ―se burló señalando a Jaken, a quien poco le faltaba para echar humo por las orejas. ―¿Está ese chucho cerca de aquí? No he olido a ese estúpido de Inuyasha. No me digas que le has dejado por fin ―aventuró con una gran sonrisa. Rin no decía nada, simplemente miraba con fijeza. Su tez estaba muy pálida―¿Qué te pasa, Kagome? ¿Estás enferma? ¿Acaso…?

―Yo no soy la señora Kagome ―musitó mirando de reojo a la manada que los rodeaba.

―¿Cómo dices, querida?

―¡He dicho que yo no soy Kagome, la sacerdotisa!

Koga soltó una risita pensando que era una broma pero se le cortó al acercarse a mirarla mejor. Nerviosa, Rin le permitió que la observara a un metro escaso y la olisqueara el pelo. Finalmente, él se alejo contrariado.

―Tú no eres Kagome ―asintió severamente.

―Eso ya te lo había dicho.

―Pero te le pareces mucho ―siguió diciendo pensativo. Luego se le iluminó la cara― ¡Ya lo sé! ¡Eres su hermana pequeña!

―Lo siento, sólo soy su alumna. Me llamo Rin.

―Ah, yo soy Kouga, un demonio lobo ―se presentó torpemente. No podía creerse que hubiera podido confundir el olor de su adorada Kagome con tanta facilidad. ¿Habría pillado un resfriado? ― ¿Por qué hueles como Kagome sin ser siquiera de su familia?

―Oh, igual es por el kimono. Era suyo, y no me lo había puesto nunca hasta ayer ―contestó Rin relajándose al ver que los lobos no tenían intención aparente de devorarla.

Kouga sonrió. Claro, él había olido el aroma de un lobo y de una mujer humana, y al acercarse le había parecido captar la débil esencia de Kagome. Rin… había oído su nombre antes, pero no conseguía ubicarla.

―¿Por qué te has acercado aquí, si no es para comernos? ―inquirió Rin sin dar rodeos.

―¿Comeros? Yo no… ―empezó riéndose, pero se dio cuenta de que eso era lo que solía hacer antes (antes de que conociera a la bella Kagome, claro). Carraspeó y continuó seriamente― Había captado el olor de un lobo solo, y pensé que era de los míos. Hace unos días hubo una tormenta muy fuerte y perdí algunos. Ahora mismo los estaba buscando por esta zona mientras mi gente revisa los alrededores.

Luka se acercó a él de dos saltos moviendo locamente su peluda cola. El demonio se arrodilló y le acarició el pelaje con una sonrisa amistosa.

―A ti no te conozco, amigo. ¿De dónde vienes? ―Luka gruñó algo que ni Rin ni Jaken comprendieron― Ah, comprendo. Sí, la tormenta ha devastado toda aquella zona. Los animales que vivían allí se han dispersado a lugares con menos destrozos ―comentó Kouga mientras asentía. Amplió entonces su sonrisa―. Eh, ¿qué te parece la idea de venirte conmigo y unirte a mi manada? Ser un lobo solitario está bien por un tiempo, pero a la larga suele resultar aburrido no contar con amigos con los que cazar, ¿no te parece?

―¡Mucho cuidado con lo que dices, lobo! ―le espetó hablando por fin Jaken― Luka está con nosotros, ¿verdad, Rin?

―Bueno, si él…

De improvisto los cuerpos de Kouga y los lobos se pusieron alerta. En la fracción de segundo en la que la joven pensaba preguntar qué ocurría, el demonio la asió a ella con un brazo y al Jaken con el otro para empujarlos contra la pared de piedra de unos de los laterales del camino. Una ráfaga de bolas de energía inundó entonces su vista. El lugar donde habían estado un segundo antes se hundió bajo la presión que ejercía. Una figura en el cielo ocultaba tras de sí el sol.

―¿Eso es un dragón? ―preguntó Kouga en postura de ataque.

―No, no es un dragón ―corrigió Rin con tristeza―. Es Ah-Un.

El demonio estaba descontrolado. Lanzaba bolas de energía por su boca en todas direcciones y convulsionaba su cuerpo de forma poco natural. Los bozales que normalmente llevaban sus dos cabezas habían desaparecido. Soltaba unos aullidos desgarradores. "Está sufriendo", pensó Rin con angustia un momento antes de que otro ataque de Ah-Un le rozara el brazo. Kouga volvió a desplazarla a un lugar "seguro".

―Maldita sea, ¿qué le pasa? ¿Por qué nos ataca esa cosa? ―gruñó adelantándose con colmillos y garras sacados. Un pequeño brazo lo detuvo. Pensó en desasirse de un tirón, pero estaba sujeto con más fuerza de lo que había creído. Se giró para enfrentarse a la joven.

―¡No puedes atacar a Ah-Un! Él es bueno y no quiere hacernos esto. No entiendo qué le pasa… ¡pero algo le obliga a actuar así! ¡Estoy segura! ―gritó Rin desesperada al ver que el demonio lobo seguía intentando soltarse.

―No importa qué le pasa. Si nos da una de esas bolas, podría llegar a matarnos.

Rin lo sabía. Ah-Un había sido su fiel guardián cuando era una niña. Él la había protegido con mucho cuidado cuando el amo Sesshomaru iba a la batalla, pues el abuelo Jaken, por mucho que dijera, no tenía mucha fuerza. Era impensable que de repente los odiara o quisiera traicionarlos. ¿Por qué? Decidida, se abrazó completamente al brazo de Kouga para impedir su avance. Resistió cuando la zarandeó, aunque estuvo a punto de caer en un par de ocasiones. Cuando dirigió su mirada al frente, vio a Ah-Un volando delante de ellos. Sus dos cabezas preparaban una única bola de energía. Rin se paralizó. No, no iba a matarla, Ah-Un no haría eso. Kouga gritaba algo, pero ella no lo escuchaba. Sólo veía a su amigo apuntándola, dispuesto a herirla con el ataque que tantas veces había utilizado para protegerla.

La bola por fin se completó y el demonio echó ligeramente atrás la cabeza para darle impulso. El corazón de la joven se encogió, pero no cerró los ojos. Quería verle aunque fuera la última vez. Una veloz mancha borrosa la nubló la vista. Sacudió levemente la cabeza para despejársela.

―Ah-Un, basta.

El demonio soltó un aullido ensordecedor. Rin lo miró y sonrió a pesar de la situación. Sesshomaru había vuelto antes de lo previsto. Bakusaiga brillaba alzada en el aire, interpuesta entre ellos y Ah-Un. No veía el rostro del señor demoníaco, pero la joven supo al instante que estaba enfadado. Muy enfadado.

―¿No me he expresado claramente, Ah-Un? He dicho que te detengas ―repitió con voz terriblemente fría.

Sin hacerle caso, el demonio dragón cambió de objetivo y se lanzó a embestir a Sesshomaru. Sin el menor atisbo de emoción en el rostro, descargó su espada en un costado de Ah-Un, quien gimió hondamente.

―¡NO! ―gritó Rin al verle caer sobre sus patas delanteras y derrumbarse. Fue corriendo donde él para comprobar que no era una herida mortal y miró a Sesshomaru seguidamente cuando se acercó al demonio― Amo Sesshomaru, ¿por qué habéis…?

―¿No te resulta familiar lo que tiene debajo del corte, Rin? ―la cortó con recuperada indiferencia al situarse junto a ella.

La joven frunció el ceño y volvió a mirar la herida. Agrandó los ojos al percibir una mancha artificial en la escamosa piel de Ah-Un. Era… ¿tinta?

―Tiene dos capas ―La voz suave de Sesshomaru la sobresaltó. ―A simple vista se ve. Una es fresca, la otra no tanto.

―Lo revisaré, amo Sesshomaru ―dijo Jaken solícito. Tenía rasgado parte de su kimono y algo sucia la cara, pero se le veía bien.

―Rin, ¿por qué te pusiste en medio? ―inquirió Sesshomaru mientras el pequeño demonio se ponía a trabajar― Ah-Un es un demonio de ataque potente pero lento. Tenías tiempo de apartarte. El otro demonio iba a realizar un contra-ataque que iba a resultar inútil, mas tú no tenías forma de saberlo. No comprendo tu motivación, Rin.

La joven alzó la cabeza para mirarlo a los ojos. Se le veía tan perfecto como siempre, así que no podía saber si había peleado con otro demonio o no. Su expresión era tranquila, pero no sabía qué emociones atormentaban su corazón. Rin suspiró. Ella era la que no entendía las motivaciones de su señor Sesshomaru.

―No quería que Kouga hiciera daño a Ah-Un, así que le cogí del brazo. No me moví porque no creí que fuera a hacerme daño, eso es todo ―mintió bajando la vista a los pies del demonio.

―Has sido una imprudente, Rin ―Era una afirmación.

―Lo he sido. Perdonadme, amo Sesshomaru.

Sesshomaru frunció el ceño ante esa nueva disculpa. Empezaban a ser el pan de cada día. No obstante, no iba a enfadarse pues sabía que eran sinceras. Soltando un suspiro apenas audible, comentó con voz seca:

―Curiosamente, tu prudencia y capacidad de raciocinio parecen irse conmigo cada vez que os dejo a ti y a Jaken solos. No importa; en un tiempo no nos vamos a separar… ― "Es demasiado peligroso", pensó para sí mismo.

Los ojos de Rin se iluminaron por la alegría. ¿No más batallas ni reconocimientos de tantas horas? ¡Iban a permanecer todos juntos! Reprimió su infantil impulso de saltar llena de júbilo. Con esas palabras se le pasó la sensación de cercanía a la muerte que dos veces había recorrido su cuerpo ese día. Por eso fueron como un cubo de agua fría las siguientes palabras del demonio.

―… pero el lobo se irá ―La cara de Rin empalideció. Sesshomaru continuó antes de que se le ocurriera replicar algo―. Me es molesto. Ahora puede irse con el demonio lobo.

Rin despidió con lágrimas en los ojos a Luka, quien le lamió la cara para consolarla. No hacía mucho tiempo que le conocía, pero las semanas parecían años. Verle alejarse en el horizonte junto a otros tantos lobos hizo que su corazón se encogiera de pena. "Si ves a Kagome y a Inuyasha, salúdales de mi parte", había dicho Kouga antes de echar a correr junto a los demás, junto a Luka. Caminó en silencio junto a Sesshomaru mientras Jaken curaba a Ah-Un unos metros atrás. La primera capa de tinta era de unas dos semanas, justo cuando el demonio se había separado de ellos. La segunda no tenía un día. El mensaje estaba claro.

―Estará mejor con ellos, Rin.

La joven se volvió sorprendida hacia Sesshomaru. Él caminaba hacia el frente con mirada serena y andar elegante. Los guiaba a una mansión, o eso había comentado, donde había información sobre el Elíxir de Kami. No tenían tiempo que perder, ni siquiera podían detenerse a curar a Ah-Un en condiciones. El que Sesshomaru estuviera tan impaciente indicaba que la pista era segura.

―Lo sé, amo Sesshomaru ―contestó ella con voz apagada―. Pero no puedo evitar que… duela.

―Se te pasará ―afirmó con seguridad presente en su voz.

Rin asintió con dejadez. Sabía que el hecho de que Luka la hubiera infectado con su veneno había sido determinante para que Sesshomaru tomara esa decisión. El lobo estaría bien con sus semejantes, por supuesto, pero no podía evitar echarse la culpa de su ida. Para cambiar de tema, preguntó:

―Entonces, ¿los que viven en esa mansión de la que hablabais pueden ayudarnos? ¿Saben la localización exacta del Elíxir de Kami?

―Esperaremos allí la llegada de Himeko. Ella nos conducirá hasta él.

―¿Himeko? ―repitió Rin. No le sonaba nada ese nombre― ¿Quién es?

―No debes preocuparte por ella, Rin.

Rin frunció el ceño. Sesshomaru había esquivado su pregunta, como hacía cuando no quería contestar. Para no levantar sospechas, preguntó sobre el castillo y sus habitantes, a lo que Sesshomaru le explicó sobre su capacidad de fundirse con el exterior y cómo había salvado la vida a Ryota, el señor del lugar. Tan absorta estaba escuchando que se le olvidó el asunto de Himeko hasta la noche, cuando acamparon para la cena.

Decidida a no dejar su curiosidad insatisfecha, se llevó a Jaken a un aparte mientras Sesshomaru descansaba con la espalda apoyada en una roca lisa. Fingiendo que recogía ramitas secas del suelo para encender el fuego, preguntó en voz baja:

―Abuelo Jaken, ¿sabes quién es Himeko?

Jaken se la quedó mirando unos instantes y luego se llevó la mano al mentón, pensativo.

―¿Himeko? No estoy seguro… tal vez… No, esa está muerta… Pero puede que… ¡Ah, ya lo recuerdo! Creo que era la anterior acompañante del amo Sesshomaru. ¡Claro, Himeko! ―Rin le chistó para que bajara el volumen, pues Sesshomaru había abierto un ojo para observarlos― Sí, sí ―gruñó Jaken bajando la voz―. Sé quién es.

―Ah, ¿entonces fue su acompañante? ¿Por qué se separaron?

―Lo desconozco. Sólo sé que ella y el amo Sesshomaru estuvieron muy… unidos. Ya me entiendes ―Hizo un gesto locuaz que Rin no comprendió.

―¿Unidos? ¿Cómo hermanos? ―preguntó con confusión.

―Como amantes, niña tonta.

La cara de Rin adquirió una tonalidad profundamente rojiza. Jaken soltó una risita y llevó las ramitas secas a la pila. La joven se quedó quieta, sin saber qué hacer. ¿Amantes? Himeko y Sesshomaru. Sesshomaru y Himeko. Debía ser una mujer demonio impresionante, tanto en poder como hermosura. E iba a acompañarles en su viaje. Iba a ver cómo Sesshomaru la trataba cariñosamente ―después de todo, ¿no actúan así los amantes?―, cómo respondía a sus caricias. Tal vez hasta le sonreiría. Rin se sentó en el suelo, ignorando las quejas de Jaken por no ayudarle con la comida. Miró a Sesshomaru, quien a su vez no despegaba su dorada mirada de ella.

¿Cómo iba a soportarlo?
Leer más...

Capítulo tres [Ángel demoníaco]

Fic: Ángel demoníaco.
Capítulo: tres.
Pareja: Sesshomaru/Rin.
Género: Drama/Romance/Aventura.

______________________________________________________
~Capítulo tres.- Veneno~

―Ponte un poco más a la izquierda… No, más. Te has pasado, da un paso a la derecha. Muy bien, ésta es la buena. Prepárate, Luka, porque ahí va.

El demonio-lobo emitió un gruñido de asentimiento mientras se colocaba en posición de ataque. Rin cerró los ojos y unió sus manos por los dedos pulgares. Luka aprovechó ese momento para lanzarse en su dirección con un gran salto. La joven abrió los ojos repentinamente cuando lo sintió casi encima de ella.

―¡Repulsión! ―exclamó empujando el cuerpo del lobo con sus manos desnudas.

Luka viró varias veces en el aire y aterrizó de pie, jadeando. Rin sonrió ampliamente. Le acarició las orejas mientras murmuraba elogios a su gran resistencia. Había llevado tiempo, pero ya sabía ejecutar de forma decente los hechizos de defensa básicos. Antes de conocer a Luka no había podido practicar esa clase de encantamientos pues no tenía contrincante, por lo que las enseñanzas de la señora Kagome se habían oxidado ligeramente en su cabeza. No obstante, la repulsión había sido casi perfecta. En ese instante, se sintió un poco más útil.

Satisfecha consigo misma, volvió junto a Luka al campamento temporal que habían instalado en un risco rocoso a las afueras del desierto. La temperatura rozaba los cero grados, por lo que llevaba un abrigado manto sobre su kimono de invierno ―"gracias por no perderte en los confines del mundo con mi ropa, Ah-Un"―. Luka soltó un graznido y empezó a correr al lugar donde se encontraba Jaken descansado, sobre una roca plana. El demonio lobo le adoraba, se apreciaba a primera vista. El otro trataba de ocultarlo, pero también sentía simpatía por el recién llegado. Rin estaba un poco celosa. Había viajado junto a él por mucho tiempo y seguía siendo una "niña tonta e inútil"; el lobo "desprendía inteligencia por cada poro de su piel". Pero bueno, bien por Luka. Si podía librarse de las reprimendas malhumoradas de Jaken, tanto mejor para él. No le afectaba, no, señor. Aunque si pudieran atribuirle el mérito de conseguir que el demonio se uniera al grupo… Tonterías, daba igual. Era una mujer fuerte e independiente. No necesitaba camelos.

Al ver que el señor Sesshomaru no estaba por ahí, decidió dar una vuelta. En ocasiones le gustaba estar sola para despejarse la mente y poder pensar con claridad. Las cosas habían cambiado mucho desde que era una niña. La vida se había vuelto más estresante. La pequeña Rin se pasaba el día riendo y recogiendo flores, o curioseando aquí o allá bajo la atenta supervisión de Jaken. Ahora debía preocuparse por mejorar sus capacidades. Tenía que asumirlo: no era fuerte. ¡Si ni siquiera podía levantar la espada del señor Sesshomaru dos palmos del suelo! No obstante, tenía potencial como futura sacerdotisa; Kagome se lo había dicho en múltiples ocasiones. Rin empezó a soñar despierta. Se imaginaba a ella misma dentro de unos años como una poderosa sacerdotisa a la que todo el mundo acudía en busca de consejo, ayuda o protección. Sería una persona sabia ―¿había mencionado ya que sabía escribir?―, con mucho mundo, y asentiría con gravedad cuando alguien le contara un problema como había visto hacer a la anciana Kaede. Diría cosas como "Sí, he visto esto antes. Debes recoger estas plantas curativas y después…" o "Mmm… conozco al demonio del que hablas. No será sencillo, pero realizaré un conjuro para sellarlo". La admirarían, y nadie recordaría su pasado. Daría igual que fuese huérfana o que tuviese amigos demonios. Confiarían en ella. Nadie la llamaría tonta o inútil. Y lo que era más importante… el amo Sesshomaru reconocería su fuerza. No sería una carga para él, por eso había estado entrenando duramente desde que emprendieron el viaje desde la aldea. Ya no sería la "tonta Rin".

Iba tan ensimismada en sus pensamientos que no reparó en una hilera de pequeñas rocas frente a ella hasta que tropezó con ella. Se puso los brazos para protegerse la cara en un acto inconsciente, pero un brazo salió de la nada y la agarró firmemente en el aire.

―Rin, debes estar siempre alerta. No puedes distraerte con la facilidad con que lo haces ―dijo una voz dura a su derecha. Rin bajó la cabeza, avergonzada.

―Lo lamento, amo Sesshomaru, no volverá a pasar.

Él asintió una vez y siguió caminando hacia delante. Rin lo miró confusa. ¿Cuándo había llegado? No había oído a nadie acercarse. Suspiró resignada; nunca sería capaz de pillarle por sorpresa como él hacía con ella. Antes de que se diera cuenta, ya casi se perdía bajando una pronunciada cuesta. La muchacha dejó sus cavilaciones de lado con decisión.

―¡Amo Sesshomaru, esperadme, por favor!

El demonio blanco se detuvo con una mirada inexpresiva sobre la joven que corría a su encuentro. Llegó donde él sin aliento ―no había calculado la distancia que había recorrido en unos escasos minutos―, pero con una gran sonrisa en la cara.

―Me gustaría enseñaros un… un encantamiento que he estado practicando ―jadeó mientras se situaba frente a él. Era hora de mostrarle cuánto había mejorado. Puede que se estuviera precipitando si intentaba ejecutar un hechizo de reparación de piedra o metal o de defensa, pero no de curación. No había nada que se le diese mejor.

―¿En serio? ―inquirió con poco interés mirando el horizonte.

Rin no se desanimó.

―Sí, ¿lo veréis?

―Bueno, pero que sea rápido, Rin. Tengo una cosa que hacer ―comentó con reserva en su tono de voz. La joven no le dio importancia pues sabía que eran muchos los secretos que celosamente guardaba su amo en su interior. Por el contrario, ella estaba entusiasmada ante su respuesta. ¡Era su momento!

―¿Veis esta herida? ―Le mostró un corte en el brazo.― A continuación, haré que desaparezca. Sólo tengo que…

Sesshomaru la interrumpió asiéndola del brazo. Su mirada estaba fija en la herida reciente que serpenteaba de forma irregular por la suave y pálida piel de la joven. Por lo que parecía, se la había producido un colmillo agudo.

―¿Quién te ha herido, Rin?

―No es lo que pensáis. Nadie me ha atacado ―se apresuró a aclarar ante el tono fríamente controlado del demonio. ―. Me lo hice en el entrenamiento con Luka. Él me mordió por accidente y como no era nada ni me dolía mucho, pensé…

―Te dije que podía quedarse si no me molestaba ―le recordó Sesshomaru con peligrosa suavidad sin soltarle aún el brazo.

"En realidad, a vos nos os ha hecho nada", pensó para sí. Debía resolver la situación, no podía dejar que Luka se marchase por orden del amor Sesshomaru. Le estaba ayudando mucho, había salvado su vida aquella noche de tormenta y era un buen compañero de viaje. Además, Jaken no la perdonaría.

―No volverá a pasar, señor Sesshomaru. Ahora realizaré el hechizo para que veáis que no es nada. Veamos… ―Rin buscó en su mente los encantamientos para cortes superficiales. Esto le pasaba por improvisar. Por fin, dio con él― "Que lo que una vez fue, vuelve a ser. Que la piel se una y la herida desaparezca. Ayúdame, Kami".

El efecto fue instantáneo, la herida cicatrizó y se curó en cuestión de segundos. No quedaba rastro de ella. Orgullosa, miró a Sesshomaru, quien todavía sujetaba su brazo firmemente.

―¿Qué os ha parecido? ―preguntó ilusionada.

―Vete donde se encuentra Ah-Un y prepárate un brebaje para la herida. Que Jaken te ayude ―dijo él soltando el brazo y continuando el camino.

Rin se sintió unos breves instantes descolocada, pero no dejó que se fuera colocándose de nuevo frente a él.

―¿Por qué?, ¿algo va mal?

El demonio frunció el ceño al ver que no había ido a cumplir su orden inmediatamente, pero se impuso paciencia. Rin no se iría hasta que saciara su curiosidad ―empezaba a pensar que no era un rasgo de su niñez, sino de su personalidad―.

―Rin, ese lobo es un demonio. Lo más probable es que sus colmillos contengan veneno. Dado tu estado, intuyo que será una baja cantidad, pero debes expulsarlo antes de que se vuelva peor. Si deseas volver a repetir tus entrenamientos con él, protege tu cuerpo mejor.

Sabía que su tono era brusco, pero Rin debía comprender que había cosas que no se podían hacer. Maldición, ya no era una niña. No se sentía culpable por hablarle con dureza pues sabía que debía hacerlo. No obstante, le molestaba que su protegida se viera tan afectada por sus palabras ―mirada baja, hombros caídos, un vago asentimiento con la cabeza acompañado del murmullo "sí, amo Sesshomaru"―. ¿Sería por su condición humana? ¿Tan aterrador resultaba? Debía ser así; Rin no era una cobarde. Insatisfecho por sus conclusiones, partió hacia delante siguiendo el rastro de olor que había captado antes. ¿Sería quien él pensaba? Estaba casi seguro, pero debía asegurarse.

La joven volvió apresuradamente al campamento para realizar lo que el señor Sesshomaru le había mandado. No dirigió la palabra a Jaken, quien la miraba con una ceja alzada ante su expresión sombría. Se dispuso a preparar el brebaje contra venenos comunes calentando un poco de agua que había recogido en un río próximo. Su realización no era muy complicada, así que no necesitaba la ayuda del anciano demonio que descansaba apaciblemente acariciando las orejas de Luka ―quien le triplicaba en tamaño―.

Tal vez su destino fuera hacerlo todo mal. Tal vez Kami hubiera decidido hacerla quedar como una patosa y tonta irremediable ante el señor Sesshomaru y así iba a seguir para los restos. Nunca sería de utilidad para el grupo. Quizás Jaken tenía razón. Puede que su condición que mujer humana no le diese para más. Estaba segura de que si fuera un chico sería más aceptada, más fuerte, más inteligente. A todo el mundo le gustaban más los hombres. Ellos eran guerreros en su mayoría, mientras que sólo unas pocas mujeres podían aspirar a algo más que esposas. Ella no deseaba eso. Karin le había dicho que lo mejor es que se casara y formara una familia como ella había hecho; Kohaku también le echó en cara que le rechazase cuando iba camino a la eterna soltería. ¿Tal vez sólo sirviese como atenta esposa y devota madre? La señora Kagome podía haber dicho que ella tenía talento para animarla o porque no tenía a nadie más para coger como aprendiz. Se levantó para coger de las alforjas de Ah-Un los dos últimos ingredientes del brebaje aún sumergida en cavilaciones.

Ah-Un la vio llegar ida, resopló y se quitó de su camino. Rin estuvo a punto de estrellarse contra un árbol. Extrañada, se giró hacia el demonio. Había creído que estaba todo recto. Se encogió de hombros. Eso la pasaba por ser tan distraída, ya se lo había dicho el señor Sesshomaru. Alargó la mano para coger de las alforjas las hierbas curativas pero Ah-Un volvió a moverse para esquivar su mano.

―¿A qué juegas, Ah-Un? Déjame, tengo que coger algo importante de las bolsas que llevas ―dijo Rin algo molesta por la actitud del demonio, quien actuaba como si acabara de conocerla y la ignoraba―. ¡Ah-Un, por favor!

―Rin, ¿qué ocurre? ―Jaken se había acercado con Luka detrás al ver cómo la joven empezaba a mostrar signos de ansiedad, pero ocultó su preocupación tras su habitual velo de malhumor.

―No me deja coger una hierbas que necesito para hacer una poción contra venenos ―se quejó señalando a Ah-Un. ¿Por qué se comportaba así el demonio? Siempre había sido bueno con ella y le había salvado más de una vez la vida cuando era pequeña.

―Oh, vamos, no será para tanto. Ah-Un ―dijo con voz autoritaria―, deja que cojamos las hierbas de tus alforjas. Yo te lo mando.

El demonio soltó un bufido más fuerte que sobresaltó a Jaken y provocó una caída hacia atrás. Rin lo veía y no se lo creía. Ahora ni Ah-Un la consideraba útil. La ninguneaba como todos los demás. Algo en su interior se encendió con abrumadora fuerza. Apretó los puños con rabia. No era una niña tonta. No era una inútil carga. Sabía leer, había acompañado al señor Sesshomaru por mucho tiempo y conocía a los demonios, ejecutaba gran cantidad de hechizos casi a la perfección. ¿Por qué la trataban así? No lo soportaba.

―Ah-Un, quieto ―ordenó una fría voz a sus espaldas. El demonio obedeció al instante y permitió dócilmente que Jaken, todavía receloso, le extrajera de sus alforjas los restantes ingredientes de la poción. Cuando lo hubo hecho, se volvió hacia Sesshomaru.

―Nunca, jamás, Ah-Un había hecho esto a Jaken, amo Sesshomaru. No lo entiendo, ¿creéis que alguien lo ha…?

―Señor Sesshomaru, quiero luchar contra vos.

El paraje rocoso quedó en un absoluto silencio. Ambos demonios se volvieron a mirarla con distintos grados de perplejidad. Rin le miró con decisión. Sólo había una manera de que reconociese su fuerza, y era aquella.

―¿Qué has dicho, niña tonta? ―inquirió Jaken con voz chillona.

―Lo que has oído, abuelo Jaken: quiero luchar contra el señor Sesshomaru.

―No lucharé contra ti, Rin. Así que olvídalo ―dijo el demonio blanco con el ceño fruncido. ¿Trataba de insultarlo? Ella era su protegida. Sería un despropósito intentar acabar con su vida. ¿O acaso no entendía Rin que una batalla era una lucha a muerte entre combatientes en el que sólo uno podía salir vivo? La examinó disimuladamente mientras los ojos de ella seguían puestos en él. Sus pequeños puños estaban cerrados, respiraba agitadamente, sus ojos emitían un leve destello rojo. Por supuesto, había tenido razón. El veneno del lobo había empezado a hacer mella en ella, aunque no lo notase. ―Tómate el brebaje y descansa, Rin. Mañana partiremos temprano al desierto.

―¡No, quiero pelear con vos, amo Sesshomaru! ―exclamó frustrada. Notaba la sangre circular bajo sus venas, su calor. No le gustaba en absoluto.

―Deja de decir tonterías y obedece, Rin ―sentenció seriamente.

Ahora era el señor Sesshomaru quien la llamaba tonta. No, no lo soportaba. Sintió que su furia se volvía más intensa.

―Os he desafiado. ¿Os echaréis para atrás?

Las palabras surtieron efecto, como Rin había supuesto. El señor Sesshomaru era un guerrero, después de todo. No entendía por qué quería luchar contra él, sólo obedecía lo que le pedía el cuerpo. Nunca se había sentido así, tan furiosa. Era una sensación extraña.

―No, no me echaré para atrás ―contestó Sesshomaru suavemente. Jaken se sobresaltó. Conocía ese tono y sus implicaciones. Ahora él también estaba enfadado. La situación empezaba a tornarse peligrosa.

―Amo Sesshomaru, no hagáis caso a esta niña tonta. No ha dormido lo suficiente y por eso se muestra tan irascible. La obligaré a tomarse el brebaje y…

―¡NO ME LLAMES TONTA, JAKEN! ―explotó la joven juntando ambas manos por los pulgares en dirección a Sesshomaru y exclamando con toda la ira que sentía―: ¡Golpe directo!

Sesshomaru esquivó fácilmente el ataque dando un prolongado salto. Frunció el ceño al ver hacerse añicos la roca que había estado a su espalda. Al parecer, la furia daba a Rin mayor efectividad en sus hechizos ofensivos. Tomaría nota. Sesshomaru se situó en otra detrás de la joven. No deseaba luchar contra Rin, pero no le estaba dejando opción. El veneno se estaba propagando con rapidez. No creía que fuera a tomarse la poción curativa voluntariamente. "Maldición", se dijo para sí. Sabía que el lobo traería problemas. No debía haber cedido ante Rin, por mucho que ella desease que los acompañara. Senna tenía razón: se estaba volviendo un blando. Iracundo ante tal perspectiva, blandió fuertemente a Bakusaiga. Cuando Rin le envió otro de sus hechizos de ataque, lo bloqueó con su espada.

La joven se mostró contrariada. Ése era uno de sus mejores conjuros, pero él lo rechazaba una y otra vez. ¿De verdad era tan débil? Su furia flaqueó un instante que Sesshomaru aprovechó empujándola contra una dura piedra. Los ojos del demonio habían pasado del dorado al rojo. La batalla le estaba afectando. Jaken observaba la lucha, impotente. A este paso Rin moriría. No podía hacer nada, pues con inmiscuirse en la batalla sólo conseguiría morir él también. Maldita sea, ¿por qué Rin actuaba de forma tan extraña? Ella era dulce, impetuosa y siempre alegre. ¿Qué la había enfurecido así? Miró de reojo a Ah-Un, quien no se perdía detalle de la pelea que se llevaba a cabo frente a sus ojos. Él era otro que no se mostraba como siempre. ¿Qué estaba pasando?

―¡Repulsión!

El hechizo dio de lleno en el pecho de Sesshomaru, quien gruñía con fuerza. Rin se estremeció al ver que éste apenas afectaba al demonio. Él retrocedió un paso de forma indolente y volvió a cargar contra la joven. Sesshomaru ya no la veía, por lo menos no a Rin. Veía a su adversario, alguien a quien debía matar. El darse cuenta de esto disminuyó de nuevo su furia y aumentó su temor. Kami, ¿por qué lo había desafiado? Ahora no lo recordaba.

―¡Parálisis absoluta! ―exclamó en un vano y desesperado intento de frenar al demonio. Pero él sólo realizó un ligero movimiento para esquivarlo. Después alzó a Bakusaiga frente a él con intención de ejecutar algún ataque.― ¡Amo Sesshomaru! ―gritó Rin asustada.

Sesshomaru sintió que esas palabras penetraban en su ahora sanguinaria mente. Vio ante sus ojos a Rin, temblando y mirándolo como si estuviera frente a la misma muerte. Soltó un siseo. Estaba molesto con él mismo por semejante falta de autocontrol tan impropia de un guerrero demonio, no, más aún, del hijo de Inu no Taisho. Pero también estaba enfadado con Rin por haberle empujado a semejante estado de frenesí. Si no hubiese gritado, la habría despedazado con Bakusaiga o con sus garras. Con sombría tranquilidad, alzó su espada y rozó el cuello de la joven con ella.

―Estás muerta, Rin. La batalla termina aquí ―sentenció con voz de ultratumba. Con el tono ligeramente alterado por la furia, continuó―. Si vuelves a tener la necia idea de desafiarme, asegúrate de ser lo suficientemente fuerte como para derrotarme. Tú sabes que yo odio pelear contra los débiles.

Rin ardía en vergüenza por semejante humillación. Sin mediar palabra, dio media vuelta para perderse entre los afilados riscos rocosos del paraje montañoso. ¿Cómo podía haber sido tan, tan estúpida?

Jaken y Sesshomaru la vieron marchar. Cuando el anciano demonio trató de seguirla, Ah-Un le cortó el paso con mirada amenazante.

―¡Apártate, bestia traidora! ―ordenó Jaken agitando en su dirección el báculo de las cabezas.

―Silencio, Jaken. Ah-Un, vuelve al campamento ―dijo con tono autoritario Sesshomaru. Ante la expresión de su subordinado, añadió simplemente―. Ella volverá.

"Pero debe tomar el brebaje pronto", continuó para sí mismo con el ceño fruncido. La muchacha debía estar en esos momentos muy confusa, pero como aún tenía el veneno de su cuerpo podía tratar de luchar con él nuevamente. Y no sabía si esta vez podría responder de sus actos. Aún sentía la sed de sangre en su garganta. Primero debía tranquilizarse. Para esta clase de problemas, era crucial tener una mente fría y despejada. Rin volvería antes de que acabara el día.

La joven humana corría sin dirección entre las rocas cortándose ocasionalmente con ellas la cara, las piernas o los brazos, pero no sentía dolor. Estaba realmente avergonzada por lo que había hecho. Había atacado al señor Sesshomaru y gritado a Jaken, quien sólo intentaba arreglar la situación. Se había vuelto una mala persona sin quererlo. Nunca la iban a perdonar. Ella misma no se pensaba perdonar nunca. ¿Cómo había podido hacerlo? Ella quería y admiraba al señor Sesshomaru. ¿Por qué se había puesto de un segundo para otro tan furiosa? No tenía sentido. Muy bien, él no había estado muy entusiasmado con su hechizo, pero también dijo que estaba ocupado con otra cosa. Era tonta. Como decía Jaken, era una niña tonta.

Pero lo peor había sido la mirada del amo Sesshomaru. Una mirada fría, sin sentimientos, como las que destinaba a sus enemigos, a quienes odiaba. ¿La odiaba ahora? Rin sonrió tristemente mientras comenzaba a andar más despacio. Sí, debía odiarla. Había tratado de matarlo. Se horrorizó al caer en la cuenta de eso. ¡Matarlo! Los "golpes directos" eran hechizos ofensivos de mucha potencia que si daban al objetivo, lo mataban. ¿Por qué, Kami, por qué había decidido atacarlo de esa manera? Más aún, ¿por qué querría atacarle desde un principio? Esa pregunta recorría una y otra vez su mente sin que pudiera dar una respuesta.

¿Qué sentiría el señor Sesshomaru por ella?, se preguntó de repente. ¿Era una simple sirvienta, su protegida humana o tal vez… otra cosa? Recordó entonces la conversación que había tenido con Karin hacía casi un mes, el día después de la noche en que ella y Sesshomaru se habían reencontrado. Ella había entrado en la casa de su amiga al amanecer y Karin se asustó mucho, pensando que era un espectro. Cuando vio el saludable aspecto de su amiga, se tranquilizó y se apresuró a regañarla.

―Rin, ¿sabes qué hora es? Exacto, ¡pronto! Riuro todavía no se ha levantado para ir a trabajar en la aldea y yo tengo sueño. ―Alzó los brazos para estirarse como en muestra de su estado de agotamiento. Rin no se dejó distraer y entró animada a la que había sido su segunda casa en el transcurso de cuatro años.

Encontró a Riuro, el marido de Karin, desayunando en la mesa de madera que había en la habitación y lo saludó alegremente. Éste le devolvió con una media sonrisa el saludo.

―Rin, ¿qué haces por aquí? Se te ve muy contenta por algo ―comentó el hombre pegando un mordisco al brote que tenía en la mano. No era muy usual en los últimos tiempos ver a Rin sonreír y le alegraba encontrársela así ―por muy pronto que fuese―.

―Tenía noticias para Karin y no podía esperar –dijo risueña mientras la otra mujer se limpiaba las manos con un retazo de tela.

―¿Qué noticias son esas para que vengas a estas horas?, ¿no deberías estar entrenando?

La sonrisa de la joven se borró de repente.

―¡Oh, cielos! ¡Se me había olvidado completamente! Tengo que ir a avisar ahora mismo a la señora Kagome…

―No, no ―negó con la cabeza la mujer mientras esbozaba una pequeña sonrisa―. Ahora me ha entrado la curiosidad y no voy a dejarte que te vayas hasta que me hayas contado lo que pasa. Siéntate y confesa, Rin. ¿Qué bicho te ha picado?

―Bueno, os dejo solas. Tengo trabajo ―se despidió Riuro haciendo un ligero ademán con la mano. Rin le sonrió y Karin le hizo un simple gesto. Miraba a la joven con fijeza.

Rin se mantuvo un rato pensativa ante la mirada inquisitiva de su amiga. ¿Por dónde empezaba? El final era lo más importante de la historia, pero la anciana Kaede siempre decía que las cosas se contaban por el principio. No obstante, el carácter de Karin de ir siempre al grano la hizo decidirse. Agrandó su sonrisa y exclamó con voz alegre:

―¡El señor Sesshomaru ha vuelto!

La mujer la miró durante unos instantes y empezó a palidecer. Luego, buscó una silla para acercarla a la mesa.

―Lo mejor será que me siente ―creyó oírla musitar.

―Oh, vamos, Karin. No pongas esa cara. Parece que te he dicho que me voy a morir pronto ―dijo Rin componiendo una mueca.

―Puede que no andes tan desencaminada…

―¿Cómo?

―Cuéntame la historia desde el principio, Rin.

Y así lo hizo. Sin saltarse nada ―ni siquiera sus propias impresiones de la imponente presencia de Sesshomaru o sus sentimientos encontrados―, le fue contando poco a poco todo lo que había sucedido la noche anterior. Pensó en mencionar a la pequeña niña demonio que acompañaba a Jaken y a Sesshomaru, pero llegó a la conclusión de que eso sólo pondría más nerviosa a Karin. Suficiente tenía con la pronunciada palidez de su piel. A ella no gustaba el señor Sesshomaru, pero nada en absoluto. Cuando terminó con la parte en que la mandaba a la aldea para partir en cuanto estuviera lista, su amiga todavía no había abierto la boca ―algo raro en ella, ya que le encantaba interrumpir para hacer comentarios sobre todo―.

―¿Y bien? ―inquirió vacilante después de un rato de silencio incómodo.

Karin la miró seriamente a los ojos.

―Pensé que habías dicho que aunque volviera, no reanudarías tu viaje con él ―le recordó secamente.

―Ya, pero no sé. Me ha dado una explicación y…

―Sí, una explicación muy convincente. El Elíxir de Kami ―repitió con burla. Al ver que Rin empezaba a molestarse, dijo―. Rin, te seré sincera, ¿de acuerdo?

La joven asintió, presintiendo que no le gustaría lo que iba a escuchar. Karin empezó:

―Primero, siempre he pensado en por qué un demonio tan poderoso como es el hermano de Inuyasha llevaría a una niña humana consigo. Sí, ya sé que no para comérsela ―se apresuró a decir cuando Rin iba a protestar―, pero sí con otra razón. Una niña no sirve para placeres adultos ―Rin se sonrojó intensamente ante la insinuación―, ni tampoco es de utilidad para la guerra. Entonces, ¿para qué? Pensé y pensé (aquel día, cuando nos encontramos secuestradas y te marchaste, dejaste una huella grabada muy hondamente en mí), y llegué a una conclusión: él te quería como un objeto que la admirara pues ¿quién mejor que un niño para sentirse más fuerte, más bello, más inteligente? Un niño que le adorara como a un Dios.

―Es tu prejuicio a los demonios el que habla por ti, Karin. El señor Sesshomaru me quiere por mí misma, no para que le adore.

―No, amiga mía, no es el prejuicio, es mi experiencia en la vida la que habla. Todos, demonios y hombres, son iguales. Buscan algo en ti y, cuando se aburren, te dejan a un lado como un trapo usado.

―No puede creer lo que estás diciendo. ¡Tú estás casada! ¿Qué pasa con Riuro? ―inquirió Rin dispuesta a que se retractase. No fue así.

―Él es como los demás, sólo que a mí no me importa. Yo le quiero. Él no se interesa en mí de la forma que tu demonio lo hace en ti… o eso pensaba antes de que me contaras lo del beso.

―¡Sólo fue un beso! ¿Qué insinúas? ―exclamó sonrojada la joven.

―Lo sabes perfectamente.

―¡Pues no! El señor Sesshomaru no está interesado en mí de esa forma, así que bórratelo de tu cabeza, Karin.

―No olvides mis palabras, Rin, o acabarás llorando. Llorando y sola.

¿Y cómo estaba ahora? Bueno, no llorando, pero sí terriblemente sola. Todavía no alcanzaba a comprender qué había querido decirle aquel día Karin. ¿Qué los hombres son malos? Ella era la mala. No estaría en ese estado si no hubiese desafiado como una idiota a uno de los demonios más poderosos de todos los tiempos. ¿Debía volver y disculparse? No ganaría su perdón, pero nada perdía intentándolo ―su orgullo y dignidad ya estaban bajo tierra―.

Un chapoteo proveniente de entre unas rocas llamó su atención. Se asomó por un hueco para observar con curiosidad quién estaba ahí. Era un muchacho, tal vez más joven que ella. Tendría quince o dieciséis años. No parecía dársele la pesca mejor que a ella. Reprimió una risa cuando lo vio caer al agua tratando de coger un pez con las manos. Cuando se levantó con aire contrariado y el mismo pez saltó ante sus narices dándole en la cara, como si se estuviera burlando de él, Rin no pudo evitar soltar una alegre carcajada. El joven alzó la vista hacia ella, lo que produjo que la joven se silenciara y compusiera una sonrisa amistosa. Bajó con cuidado por la rocosa ladera hasta el pequeño riachuelo.

―¡Hola! ¿Cómo te llamas? Yo soy Rin ―dijo saludándole con la mano.

Él esbozó una media sonrisa.

―Shin ―contestó con arrogancia. Luego, apartó la vista de ella y volvió a su tarea.

―Es difícil pescar, ¿eh?

―Bah, no cuesta tanto.

Rin frunció los labios desencantada. No parecía un muchacho muy agradable, la verdad. Le dejaría allí para que siguiera a lo suyo, ella tenía que volver para disculparse. Por lo menos, el hablar con alguien le había distraído unos segundos. Soltando un hondo suspiro, se dispuso a subir de nuevo la ladera para llegar al camino.

―Espera, niña.

La joven se volteó, molesta.

―No soy una niña ―espetó frunciendo el ceño.

―Sí, sí, lo que tú digas ―contestó él todavía sonriendo con aire condescendiente―. ¿Tú no ibas acompañada por tres demonios?

―Sí, ¿cómo lo sabes?

―Digamos que lo sé y ya está. ―Salió del lago y se sentó en una roca plana. Al ver que Rin seguía de pie sin moverse, se impacientó.― ¿A qué esperas, niña? Ven, vamos.

"No eres mi dueño para ordenarme esas cosas", quiso decirle. No obstante, no le gustaba ser desagradable con la gente. Igual él era así con todo el mundo y por eso la trataba así. Tal vez sus padres le habían educado así.

―¿Qué quieres? ―preguntó malhumorada cuando se sentó a su lado.

Shin abrió la boca para contestar, pero algo que vio le hizo cerrarla de nuevo, muy lentamente. Rin se sintió incómoda ante el escrutinio. "¿Nadie te dijo cuando eras pequeño que quedarse mirando a alguien fijamente es de mal gusto?", quiso decir también. Nuevamente, se contuvo. No sabía por qué, pero aquel niño imponía en ella respeto.

―Dime, Rin, ¿has peleado últimamente con lobos? ―inquirió divertido señalando sus ojos. La joven se tocó los párpados confusa.

―Sí, pero no entiendo por qué tú sabes eso. Y no me gusta que un desconocido conozca tanto de mí. Lo siento, Shin, pero tengo que volver. ―Hizo un ademán de levantarse, pero él la cogió del brazo y tiró de él para que cayera nuevamente en la roca. ―¿Pero qué…?

―No digas nada, Rin ―dijo él con un tono tan suave como el terciopelo. La obligó a mirarlo a los ojos y ahí se quedó. Rin estaba fascinada por el color de aquellos preciosos orbes. ¿Eran azules o violetas? ¿Tal vez un color verde extraño? No podía apartar la vista.

―¿Qué… qué quieres?

―Nada, sólo dame tu mano ―susurró con el mismo tono.

Rin obedeció al instante. Él sacó un pincel de la bolsa que tenía tras la roca y un pequeño cuchillo. La joven miró asustada el afilado arma.

―Oh, vamos, no pongas esa cara. No te va a pasar nada… o casi nada. Lo cierto es que me da igual ―comentó con indiferencia mientras hacía un corte superficial en el brazo de la muchacha, quien contuvo un gemido de dolor―. ¿Ves como no ha sido para tanto? Ahora viene lo interesante.

Con sumo cuidado, empapó el pincel con la sangre de la herida abierta y comenzó a escribir en la mano de Rin. Terminó en muy poco tiempo. Miró desde diferentes ángulos cómo había quedado y asintió, satisfecho. Se levantó entonces para guardar su pincel en la bolsa y luego echársela al hombro. Aún aturdida, la joven se miró la mano para ver qué había hecho aquel loco. Era un kanji, aunque no conocía su significado.

―Me llaman el pintor de sombras, ¿sabes? ―comentó Shin con una sonrisa despreocupada ―Me pusieron ese nombre a los ocho años. Soy el mejor en lo mío, ya lo comprobarás tú luego. Tal vez mueras, quién sabe, aunque preferiría que no. ¿Cómo vas a reconocer mi arte si estás en la otra esfera? Es ridículo.

―Estás loco ―le espetó enfadada levantándose también―. Quítame esto ya.

―Estás furiosa, ¿verdad? Bueno, no podía ser de otro modo con el veneno del lobo circulando por tus venas.

―¿De qué estás hablando?

―No importa, aunque esto es mejor de cómo lo habíamos planeado. No tendré ni que hipnotizarte para que ataques al demonio perro. Lo harás tú solita… pero tal vez tenga que darte un empujón aparte de la herida abierta. ―Se acercó a ella y la obligó como antes a mirarle a los ojos.― Vete a tu campamento, Rin, y mátalos a todos.

―No… no voy a hacerlo ―musitó ella, comenzando a asustarse.

―Lo harás, y estoy seguro de que muy bien ―la aduló dándole palmaditas en la espalda. Una especie de graznido sonó en la lejanía―. Vaya, parece que ya me tengo que ir ―dijo disgustado. Esbozando la misma media sonrisa que compuso cuando ella se presentó, añadió―: Espero que estés viva la próxima vez que te vea, niña.

El cuerpo de Rin dio media vuelta solo y escaló con eficiencia la ladera. Luego, echó a correr desandando su anterior trayecto. Rin comprobó con horror que, efectivamente, se dirigía al campamento. Debía tratar de detenerse, de que su cuerpo no se rebelase. Pero era difícil, muy difícil. No podía controlarlo. Era una simple marioneta.

Sus pies no parecían notar el esfuerzo que estaban ejerciendo. Se movían sin pausa uno detrás de otro. Su cuerpo no se agotaba, no se quedaba sin energías como usualmente le pasaba cuando corría tanto. "No quiero hacer esto, no quiero", pensaba desesperadamente, impotente a pesar de sí misma.

No tardó mucho en llegar hasta el campamento. El atardecer era precioso. Lástima que ella no estuviese en condiciones de disfrutarlo. Se acercó más despacio ocultándose entre las rocas. Allí estaban Luka y Jaken en un rincón, con mirada ausente. Ah-Un dormitaba en el centro, mientras que el objetivo de aquella mezquina orden se encontraba con la espalda apoyada en una roca y ojos cerrados, alejado de todo.

Quiso gritar: "¡Señor Sesshomaru, ayudadme!" o "¡Señor Sesshomaru, tened cuidado!", pero su cuerpo tampoco la dejaba hablar. Maldito Shin. ¿Por qué estaba haciendo todo eso? Con sigilo poco habitual en ella, se desplazó rodeando el campamento. Unas pequeñas rocas sueltas descubrieron su posición. Rin suspiro aliviada. Menos mal.

―¿Quién está ahí? ―se oyó la voz de Jaken. El anciano demonio oteó a su alrededor, pero al no ver nada, gritó de nuevo―: ¡No te ocultes! Muéstrate.

Entonces el cuerpo de Rin pareció decidir salir a la vista. La joven no comprendía cómo, si ella no lo controlaba, podía pensar por sí mismo. ¿O tal vez era manipulado a distancia y por eso improvisaba? "Eso no es lo importante ahora, Rin", se amonestó al ver a Sesshomaru mirarla con el ceño fruncido. Se lamentó interiormente. Si no iba a perdonarla por lo de la tarde, ahora muchísimo menos.

―Golpe directo ―dijo con una voz monótona que no era la suya. De la palma de su mano salió el hechizo con una fuerza y velocidad que no tenía esa tarde. Asustada, vio que Sesshomaru lo esquivaba con dificultad. Su brazo goteaba sangre.

―Rin, ¿qué estás haciendo? Primero lo de antes y ahora… ―se quejó alarmado Jaken al ver a ambos combatientes examinándose.

―¿Qué tienes en la mano, Rin? ―inquirió Sesshomaru interrumpiendo al otro demonio.

Ella no respondió sino que lanzó otro hechizo ofensivo a Sesshomaru. Él volvió a esquivarlo, notando cómo con el tiempo aumentaba la precisión en el ataque. Necesitaba que volviese a lanzarlo para ver mejor lo que Rin tenía escrito en la mano.

La joven trataba de detenerse, de reprimir la magia que pujaba por salir, pero todo era inútil. Cada vez los hechizos eran más peligrosos. Ya había herido a Sesshomaru y su cuerpo parecía pedir más violencia, más sangre. ¿Por qué pasaba eso, si aquel monstruo de Shin no le había inducido a que lo sintiera? Cuando un conjuro especialmente letal rozó el hombro de Sesshomaru, decidió actuar. Luchó contra sí misma para decir algo, alguna advertencia. Debía ser fuerte.

El demonio se dio cuenta de que algo cambiaba en Rin. Se había dado cuenta del kanji de poder que llevaba en la mano y que alguien le había puesto. La magia que pasaba a través de él salía con más fuerza, más velocidad, más poder. No podría aguantar mucho tiempo más si no luchaba con Bakusaiga y mataba a Rin. Pero no deseaba llegar a ese extremo.

―A-amo… Sessho… maru.

Se volvió hacia ella con mirada fría y calculadora. Rin estaba consiguiendo contrarrestar el veneno del lobo que circulaba por su cuerpo. Parecía imposible que una humana pudiera lograrlo una vez estuviera extendido de la forma en la que estaba, pero así era.

―Por f-favor… amo Sesshomaru… ―suplicó con lágrimas asomándole por la comisura de los ojos.

Entonces Sesshomaru supo qué hacer. Con movimientos en zigzag llegó hasta donde se encontraba antes de que decidiera lanzarle un nuevo hechizo. Le asestó un golpe seco con el puño en el estómago, provocando que la joven se quedara sin respiración. Poco a poco, todo se fue sumergiendo en las tinieblas que rodeaban a Sesshomaru. Luego, total oscuridad.

Se despertó adolorida horas más tarde, cuando la noche había hecho acto de presencia. El cielo estaba estrellado, como a Rin le gustaba, pero no lo estaba mirando a él. Aclarando la vista, la fijó en el demonio que la observaba con expresión imperturbable. Trató de levantarse.

―Amo Sesshomaru…

―No te muevas, Rin ―ordenó fríamente el demonio.

La joven miró su cuerpo vendado y luego se examinó la mano. Tenía un vendaje sobre la palma. Demasiado cansada como para seguir indagando, dejó caer la mano sobre el suelo. Sesshomaru tenía razones para estar enfadado. Había tratado dos veces de matarlo. Al final no lo había conseguido ―gracias a Kami―, pero decían que lo que importaba era la intención. Después de aquel agotador y conflictivo día, sintió que las lágrimas invadían sus ojos.

―Yo lo siento tanto, amo Sesshomaru. Fue mi culpa. Yo no quería… no sé por qué lo hice, pero yo no… No… No…

Sesshomaru vio con disgusto como Rin empezaba a llorar amargamente. Le habían dicho que a los humanos el llorar les reconfortaba el alma y les permitía seguir adelante, pero él odiaba verla en ese estado de dolor.

―Basta, Rin. De lo único que tienes culpa es de no haber obedecido mi orden de tomar el brebaje inmediatamente. Ha sido difícil expulsar todo el veneno que circulaba por el cuerpo, mas no imposible. Ahora estás bien, por lo que deja de llorar ―ordenó con voz dura.

Contrariado, observó cómo sus palabras provocaban que Rin llorase con más fuerza.

―Es cierto, soy una tonta. Ahora echaréis la culpa a Luka de mi error. Os lo suplico, no lo hagáis. Él sólo quería ayudar. Además, no debí acercarme a ese chico tan malo que me dibujó el kanji en la mano. Fue demasiado confiada. Vos me previnisteis contra ello y el ser distraída, pero yo hice oídos sordos.

―¿Chico? Háblame de él.

Rin le contó entre hipidos la historia mientras Sesshomaru iba frunciendo cada vez más el ceño. Con que así había sido, ¿eh? La joven no dejó de llorar cuando terminó, aunque ocultó la cara en la manta que habían colocado bajo ella. Sesshomaru dejó sus pensamientos para otra ocasión.

Recordó aquella noche en la aldea de los humanos, cuando Rin había estado tan reacia a seguirle. Recordó lo que había hecho para que le obedeciese. Con mano suave, levantó la cabeza de la joven y posó suavemente sus labios en los de ella. Rin abrió los ojos sorprendida. ¿La estaba besando de nuevo? Sin detenerse a pensarlo mucho, echó los brazos a su cuello para abrazarle con fuerza. Era como estar en el paraíso junto a Kami. Importaba a Sesshomaru, estaba segura. Y lo que era más importante: éste la había perdonado. No podía ser más dichosa.

―¿Estás ya mejor, Rin? ―preguntó el demonio tras unos instantes para asegurarse que su táctica había funcionado. Sonrió ligeramente viendo aumentada su vanidad cuando Rin le devolvió su habitual mirada ensoñada. ―Ahora debes dormir ―dijo con un poco más de dureza.

La joven asintió todavía sonriente y se recostó en la manta. Sesshomaru la miró hasta que cayó dormida. Había sido duro para ella, lo habría sido para cualquier humano. Mataría al responsable de aquel ataque.

Y es que ya sabía quién era el que había enviado al afamado pintor de sombras.
Leer más...

Capítulo dos [Ángel demoníaco]

Fic: Ángel demoníaco.
Pareja: Sesshomaru/Rin.
Capítulo: dos.
Género: Drama/Romance/Aventura.

____________________________________________________________________________________
~Capítulo dos.- Luka~

Rin frunció los labios, desencantada. Daba igual por dónde lo mirase. Era un completo desastre. Se puso de perfil y se compuso mejor el pelo, desordenado hasta decir basta. Su cara estaba limpia, tenía un aspecto saludable y sus labios no se habían cortado por el frío. No obstante, una parte importante de su aspecto fallaba de tal forma que el conjunto se echaba a perder irremediablemente.

¿Por qué tardaba Ah-Un tanto?, se preguntó observando su reflejo en el agua del río. Llevaba el mismo kimono desde hacía cuatro días. Normalmente le aguantaba limpio más tiempo, pero bastaba con que no tuviera recambios para que se le ensuciara a más no poder. Cuando era niña podía permanecer con la misma ropa dos semanas tranquilamente, y ni le molestaba ni le preocupaba su imagen. Ahora no podía soportar que la vieran así ―que alguien en especial la viera así―, la volvía loca. No estaba muy segura del porqué de su decisión de tener un aspecto correcto y elegante, pero algo quedaba claro: el tener barro, hierba y otras sustancias extrañas adheridas al cuerpo la hacía sentir muy incómoda. ¿Cuándo se había vuelto tan presumida? A Rin le preocupó la cuestión. Ella siempre había sido una chica práctica y de acción, ajena a la opinión de los demás. Por ende, ir cargada de suciedad o sudor tras un día de duro entrenamiento no la quitaba el sueño. Total, ¿qué importaba lo que murmuraran a sus espaldas las cotillas mujeres de la aldea o la desaprobación de los hombres? Tenía una serie de prioridades en la mente en las cuales la estética no participaba.

Pero el caso era que ahora tampoco debería obsesionarla su aspecto. ¿Cuál era su objetivo? Conseguir el Elíxir de Kami. ¿Qué era necesario para cumplirlo? Ser una sacerdotisa fuerte ―o bruja, según Jaken― y no vacilar cuando se requiriera su ayuda. No tenía que resultar atractiva mientras lanzaba un conjuro de repulsión o entonaba una melodía curativa. Todo era culpa de los ojos del señor Sesshomaru. Antaño nunca había podido descifrar qué transmitían, si es que la indiferencia no contaba como sentimiento. Rin percibía en el tiempo que había vuelto con él que eran analíticos, críticos. Los ojos de una mente calculadora y fría. Era evidente que a su amo no le interesaba su imagen, pero ella no podía dejar de avergonzarse cuando la observaba. Deseó volver a su infancia, cuando un demonio la había mordido y traspasado una interesante facultad por un breve lapso de tiempo. Poder leer los pensamientos de los demás. No había sacado mucho en claro en lo que se refería a Sesshomaru, pero aún así le gustaría retornar en el tiempo y entrar en los confines de la mente del misterioso demonio.

Se apartó de la orilla del río soltando un hondo suspiro y echó a caminar en dirección a la cueva donde habían instalado el campamento esa misma mañana. La temperatura había bajado tanto que era imposible negar la llegada del invierno. Por las noches solía hacer mucho frío ―razón de más para tener más ropa consigo, incluyendo la de abrigo que estaba en las alforjas de Ah-Un―. Sólo esperaba no resfriarse pues ahí no tenía hierbas curativas. Lo único que le faltaba era tener la nariz rojo y moqueante. Al llegar a la cueva, se dio cuenta de que Jaken no se encontraba ahí. ¿Habría ido por comida? El rugiente estómago de la muchacha deseó que así fuera. Al que sí vio fue a Sesshomaru, apoyado junto a su espada en la rocosa pared. Parecía reflexivo y Rin por un momento dudó en ir a hablarle. Decidió hacerlo ante la cada vez peor situación.

―Amo Sesshomaru―empezó situándose de pie frente a él. Éste abrió levemente los ojos y la miró sin mucha atención―. Amo Sesshomaru, ¿sabéis cuándo vendrá Ah-Un? ¿Va a tardar mucho más? Es que resulta que tenía algunas cosas importantes en sus alforjas y…

―Sobrevolando la zona le he visto a unas millas de aquí con el ala casi recuperada. Si para mañana está curada, vendrá volando hacia el mediodía; en caso contrario, le veremos por la noche.

Rin compuso una sonrisa llena de felicidad a lo que el demonio respondió arqueando una ceja.

―¿Qué es eso que tanto te preocupa, Rin?, ¿llevas algo de valor en las alforjas de Ah-Un? ―A pesar del grado de interés de la pregunta, la voz de Sesshomaru sonaba indiferente, como si el tema no le importase.

Un sonrojo cubrió el rostro de la joven. ¿Podría considerarse de valor la ropa? Para el señor Sesshomaru seguro que no ―un señor demoníaco tenía mejores cosas en las que pensar, y más dada su condición de guerrero―.

―Oh, bueno… Lo cierto es que había dejado allí algunas plantas curativas y… ya sabéis…

Sesshomaru frunció el ceño y la revisó atentamente con la mirada, buscando en ella signos de malestar o palidez pronunciada. Su aspecto seguía lleno de vitalidad y no actuaba como una persona enferma. No obstante, preguntó para asegurarse:

―¿Las necesitas para algo, Rin?, ¿te sientes mal?

―¿Qué? ―exclamó sorprendida ante la gravedad de su tono. Movió las manos frente a ella con negación y esbozó una pequeña sonrisa― No, no os preocupéis, señor Sesshomaru. Estoy perfectamente. Es sólo que me gustaría tenerlas a mano para emergencias. Últimamente está haciendo mucho frío ― "y estoy de lo más torpe", añadió mentalmente. Era débil, pero no quería que él se diera cuenta de cuánto. Las prácticas de encantamientos no resultaban tan sencillos sin supervisión de alguien que sabía realizarlo con soltura. De pronto se sintió nostálgica. ¿Qué estaría haciendo la señora Kagome en ese momento? ¿Cuidando a sus cachorros ―como llamaban los de la aldea cariñosamente a los hijos de la extraña pareja―? , ¿o tal vez a algún enfermo? ¿Habría entrado en batalla contra algún demonio peligroso? Rin se preocupó, aunque aquello no tuviese sentido: si la sacerdotisa Kagome y su marido no podían con un enemigo, poco podría ayudar ella.

Sesshomaru observó con atención la cantidad de emociones que pasaban por el rostro de su protegida. Resultaría interesante ver cómo trabajaba su cabeza. El demonio casi lanzó un gruñido. ¿En qué estaba pensando? Realmente, en los últimos tiempos meditaba las más insustanciales cuestiones.

―Hay hierbas curativas para resfriados comunes y heridas superficiales no muy lejos de aquí, en el camino hacia el este del bosque. Esta noche habrá una fuerte tormenta de nieve y desaparecerán. Si quieres, puedes recogerlas, pero debes volver rápidamente. Va a anochecer pronto.

Si hubiese sido Jaken quien le decía esas mismas palabras, le habría espetado que no era una niña y que podía cuidarse sola. Pero él era el señor Sesshomaru y Rin valoraba altamente sus consejos ―u órdenes que eran a todos los efectos―. No tardó mucho en localizar el lugar que el demonio le había indicado. Allí estaban los remedios para el frío y rasguños. Puede que pareciera algo extraño que llevase eso teniendo en cuenta la cantidad de batallas en las que participaba Sesshomaru, pero nunca estaba de más ir preparada. ¿Y si Jaken se resfriaba? Si no quería soportar a un gruñón enfermo, debía hacer algo.

Regresó a la cueva al cabo de un rato y esta vez sólo se encontró a Jaken, quien cocinaba dos peces ―últimamente le había dado por demostrar su "sorprendente" habilidad, para desgracia de la joven―. Comieron en silencio mientras el fuego se consumía lentamente. ¿Dónde estaría el señor Sesshomaru? Era tarde como para inspeccionar la zona.

Se enroscó junto a la pila de leña mientras aún ardía. Había sido un día largo y frío y su cuerpo estaba resentido. Si hubiese sido verano se habría dado un baño en el río para quitarse la suciedad de encima. Ahora temía convertirse en un cubito si se internaba en las heladoras aguas del arroyo. Haciéndose una bola para protegerse del frío de la noche, fue cerrando los ojos hasta que, sin darse cuenta, se quedó dormida.
_______________________________________________________________________________________
Unos ruidos la despertaron de su pacífico sueño. Realmente había dormido bien, sin tener que despertarse a media noche tiritando por el frío y teniendo que volver a encender el fuego con un penoso pulso ―lo cual también le daba problemas para dormir después―. Las luces de la mañana se vislumbraban tenuemente por la entrada. Rin se levantó con lentitud bostezando y estirándose perezosamente. Cuando estuvo completamente despierta, se dio cuenta de por qué había dormitado tan acogedoramente. Sobre ella se encontraba Fluffy, la suave estola blanca de Sesshomaru, enroscándose protectoramente contra su cuerpo. Parpadeó un par de veces. ¿Cómo había llegado eso hasta aquí? Al despejar su espesa mente, cayó en que sólo una persona podía haberla tapado con esa prenda. Se sintió dividida entre la vergüenza y la alegría ―no había que olvidar que Sesshomaru la había visto temblando de frío como un perrito abandonado y que por eso había echado a Fluffy por encima de ella―. Era un demonio realmente atento, aunque muchos no lo vieran.

Depositó la esponjosa estola sobre una roca cuidadosamente y salió fuera para echarse un poco de agua del río en la cara. Tras dar unos pasos, la joven se detuvo, maravillada. El amo Sesshomaru había tenido razón. Una fuerte nevada había estado azotando la noche con su habitual fuerza. El color blanco estaba por todas partes, reflejando la luz solar. Rin se puso una mano sobre los ojos mientras trataba de llegar al río sin darse de bruces con un árbol. Debía haber supuesto en qué estado estaría. "Pues congelado, tonta", se burló una voz en su cabeza sospechosamente parecida a la de Jaken. Chocó una de sus palmas contra la cara y se giró para regresar. El señor Sesshomaru estaba de vuelta en la cueva. Fluffy descansaba sobre sus hombros con su habitual elegancia, dando al demonio un aspecto frágil ―cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia―. No parecía que fuera a mencionar lo de "arroparla", por lo que Rin decidió seguir su ejemplo. Sabía por el tiempo que había llevado con él que no le gustaba hacer cosas que se interpretasen como gentiles o amables, aunque indirectamente las hiciera, y que mencionándolo sólo conseguiría que se molestase. La joven se encogió de hombros. Lo importante es la acción, no comentarla ―aunque se moría de ganas por agradecer a su señor su gesto―. Mientras cavilaba, no se dio cuenta de que Sesshomaru se había levantado y recogido su espada, colocándosela en el obi. Su suave voz la despertó de sus ensoñaciones y batallas mentales:

―Rin, avisa a Jaken. Es hora de irnos.

―Pero sigue durmiendo… ¿está bien que le despierte? ―preguntó dubitativa. Miró al rincón donde Jaken dormitaba con un aura apacible alrededor.

Como respuesta, cogió una pequeña piedra entre las tantas que se encontraban a sus pies y la tiró directamente al pequeño demonio durmiente con expresión imperturbable. Ésta rebotó contra la frente de Jaken, quien giró tres veces sobre sí mismo y abrió los ojos con aturdimiento.

―Amo Sesshomaru… ― gimió entre sueños. Rin se apresuró a acercarse y ayudarle a que se incorporara.

En menos de diez minutos se encontraban de nuevo en camino. La piel verdosa de Jaken tenía una pequeña rojez justo entre los ojos ―qué puntería la del señor Sesshomaru―, pero Rin le consoló diciendo que con un poco de nieve sobre el pequeño golpe el dolor remitiría ―aunque lo cierto es que el demonio estaba de sobra acostumbrado a ese tipo de llamadas de atención por parte de su amo―. ¿Era una especie de juego que se traía Sesshomaru con su sirviente? Tal vez le gustara pasar un rato de diversión como todo el mundo.

Del cielo gris empezaron a caer lentamente pequeños copos de nieve. Rin observó, extasiada, cómo estos se depositaban en su mano y se derretían. En su pueblo natal no había nevado mucho. Era más bien de clima lluvioso. Sólo recordaba una vez, cuando sus padres aún vivían, que se había levantado de la cama e ido a recoger ramitas del bosque cuando sus pequeños pies descalzos se habían topado con una sustancia fría, muy fría. Tanto, que la pequeña Rin no pudo evitar pegar un bote, sobresaltada, y caerse sobre el escalón que se encontraba en la entrada de la casa. Ese día sus padres les habían quitado las obligaciones para que se fueran a jugar con ese helador elemento. Como siempre, el recuerdo de sus padres y hermanos le trajo una oleada de nostalgia y melancolía. Sacudió la cabeza tras unos breves instantes. Ahora tenía una nueva familia.

Miró de reojo a Sesshomaru, que tan callado y cerrado había estado últimamente. Trató de imaginárselo como a un hermano. La propia idea la hizo soltar una risita. Poner a Sesshomaru, tan alto, elegante, frío y poderoso, junto a su hermano mayor Ren, un chico revoltoso, divertido, sucio y prepotente ―nunca la había dejado de llamar "enana"―, era una imagen de lo más cómica. Ya veía a su amo entrecerrando los ojos ante alguna de las expresiones de Ren y dejándolo con la palabra en la boca. Se lo tenía merecido; ella no era ninguna enana. Sonrió con tristeza. Su hermano debía tener veintitrés años, aunque nunca podría celebrarlos. Lo echaba mucho de menos.

Tratando de alejar aquellos deprimentes de su cabeza y no derramar las lágrimas que se habían agolpado en la comisura de los ojos, cogió un puñado de nieve entre las manos mientras continuaba caminando ―no resultaba muy difícil si se tenía en cuenta de que a cada paso que daba se hundía medio metro en la nevada superficie del camino―. Lentamente fue dándole forma. El frío le quemaba las manos y deseó tener consigo alguna de sus ropas de invierno, con largas mangas que le evitaban hacer cosas como esa. Logró dotar a la nieve de una forma de esfera casi perfecta. Se adelantó a sus acompañantes corriendo ―con cuidado, claro, no había que olvidar qué tenía a sus pies― y luego se puso de cara a ellos con una gran sonrisa. Jaken la miró con el ceño fruncido y el demonio blanco mantuvo su expresión indiferente. Dispuesta a quitársela y a revivir viejos momentos familiares, lanzó la bola con toda su fuerza a la cabeza de Sesshomaru. Al no tener mucha puntería, ésta se estrelló contra el estómago. La nieve se desprendió y se deslizó por el kimono del demonio hasta llegar parcialmente el suelo. Rin no pudo evitar estallar en carcajadas mientras el atónito silencio envolvía a los otros dos. Cuando la joven se tranquilizó, Sesshomaru abrió lentamente la boca para preguntar con voz de terciopelo:

―¿Me atacas, Rin?

¿Era indignación lo que apreciaba en la voz de Sesshomaru? Rin meneó la cabeza, sonriente. Aquello empezaba a parecer mejor de lo que había creído en un principio.

―Tal vez ―respondió divertida, lanzando otra bola de nieve que se estrelló contra la estática pierna del demonio. ―Defendeos, amo Sesshomaru.

Jaken despertó de su estupor al ver que la muchacha se preparaba para lanzar una tercera soltando una risa alegre. ¡Aquello era increíble! ¡Al señor Sesshomaru! Lleno de indignación, espetó a Rin:

―¡Por Kami y toda su grandeza! ¿Se puede saber qué tienes en mente, Rin? ¡Ya no eres una niña, deja de comportarte así! ¿Cómo te atrever a insultar al señor Sesshomaru de esta manera? Por una vez en tu vida, para de hacer tontería… ―Un nuevo proyectil helado le dio en la cabeza, cortando su reprimenda. Rin estalló en carcajadas cuando el anciano demonio pegó un salto, molesto, y cogió un gran montículo de nieve para lanzárselo.

Y así fue como comenzó la guerra de bolas de nieve. Sesshomaru se encontraba en medio del campo de batalla, preguntándose la razón por la que sus seguidores perdían el tiempo de esa manera. Una bola le dio en la nuca y se giró para fulminar con la mirada a su atacante. Rin escondió tímidamente la cabeza tras un árbol, con la sonrisa inocente de quien no ha roto un plato en su vida. El demonio suspiró. Por agradable que resultara ver que su protegida había recuperado su risa de niña, no podía permitirse retrasos, y menos con lo que había estado rastreando en los últimos cuatro días.

Con un movimiento elegante que pasó desapercibido por sus acompañantes, sacó a Bakusaiga de su obi. Carraspeó ásperamente para llamar la atención de los combatientes, pero estos le ignoraron. Frunció levemente el ceño. Odiaba que le ignorasen. Cuando Rin alzaba un puño en señal de victoria sobre Jaken, Sesshomaru cortó el viento con Bakusaiga. Un remolino de viento se produjo en el camino para el desconcierto de los otros dos. En cuestión de minutos quedaron enterrados bajo una espesa capa de nieve. Jaken la derritió con su bastón de las cabezas eficazmente, pero Rin no subió hasta la superficie. Soltando algo que quedaba a caballo entre gruñido y bufido de exasperación, Sesshomaru enterró levemente una garra en la nieve para sacar a una joven con ojos como platos tras unos cortos instantes. Rin esbozó una pequeña sonrisa ante el ceño fruncido de su señor.

―Gracias, amo Sesshomaru ―dijo con voz alegre. Se puso en pie sola y pasó a sacudírselas ropas.

El demonio iba a darse la vuelta para continuar el camino cuando atisbó por el rabillo del ojo los movimientos de la muchacha. No le dio tiempo a actuar.

―Suelta eso, Rin ―le advirtió lentamente. La joven miró dubitativa la bola de nieve que acababa de preparar y luego a Sesshomaru, indecisa ―. ¿Estás segura de querer pagar el precio de tus acciones, Rin? ―inquirió amenazadoramente, entrecerrando los ojos.

Rin soltó finalmente un suspiro y arrojó su arma al suelo. Sabía que Sesshomaru no la haría daño, pero no quería que se pusiera de mal humor ―si es que no lo estaba ya―. La verdad es que se había divertido mucho jugando. Hacía tiempo que no tenía unos instantes de descanso, de paz para simplemente disfrutar. Jaken era un duro oponente, pero el claro vencedor había sido el amo Sesshomaru. ¿Cómo podía haber pensado por un instante que no iba a participar en la pelea? Su señor odiaba perder, según recordaba. Una vez, cuando era niña, había echado una carrera contra él ―no hace falta hablar del resultado, ¿no?―. Competir contra él resultaba interesante ―aunque tal vez la palabra más adecuada para definir lo que habían hecho era "jugar"―. Resignada, supo que no habría muchas escenas como esa a lo largo del viaje, sin duda. Los gustos de Sesshomaru se remontaban a la guerra y… bueno, a la guerra. Rin se dio cuenta en ese momento que no sabía nada sobre lo que le gustaba hacer a su señor. ¿Qué habría hecho en esos siglos en los que no perseguía ningún objetivo? La joven se encogió de hombros quitándole importancia; ya se lo preguntaría algún día. No cayó en la cuenta de que ese gesto había hecho desplazar su kimono del hombro derecho, dejándolo descubierto.

Quien sí se fijó fue Sesshomaru, impaciente por continuar. La piel de Rin era morena, pero estaba perdiendo el color ante las pocas horas solares. Tenía un lunar en el hombro y unas pequeñas pecas en el nacimiento del brazo. Alargó el suyo para colocarle el kimono correctamente, pero a medio camino se arrepintió. Molesto por su propia actitud, dijo con brusquedad:

―Rin, ¿te parece inteligente llevar piel descubierta con una temperatura tan baja como ésta?

La joven lo miró al principio sin entender. Exasperado, Sesshomaru observó tras unos largos segundos que la idea había llegado a su cerebro y se apresuraba a corregir el descuido con un ligero rubor en las mejillas. Alzó una ceja ante ese fenómeno que se había estado repitiendo en el tiempo que habían estado en su viaje, tras dejar la aldea. No recordaba que la pequeña humana Rin se avergonzase con tanta facilidad, y le gustaría saber qué era lo que la incomodaba. No se lo iba a preguntar directamente, pero el asunto no dejaba de intrigarle.

Tras ponerse adecuadamente su kimono, Rin siguió al demonio blanco que había reemprendido el viaje junto a Jaken. ¿Por qué tenía que ser justamente él quien le dijera aquellas cosas tan abochornantes? Si Jaken le hubiera llamado la atención, ella le habría sacado la lengua y colocado su ropa sin mayor problema. Pero él siempre lo complicaba todo, aunque no era su culpa… Kami, estaba hecha un lío.

El paisaje cambió abruptamente, señalando la inminente entrada de un desierto. Los árboles desaparecieron de repente, en una zona en concreto. Apenas se oían los sonidos del bosque ―aunque con Sesshomaru allí siempre se reducían al mínimo―; los pájaros no cantaban, el rumor del viento contra las caducas hojas estaba apagado y no se veía ningún zorro o conejo deambulando por la zona. Era un paisaje desolador, aún estando todo cubierto por su admirada nieve. ¿Sería así todo el tramo del desierto? "No, claro que no. Seguramente sea peor", se dijo, deprimida en cuestión de unos segundos y olvidando el buen rato pasado hacía media hora. Karin solía decir que ella era como una flor: en primavera y en verano se abría en todo su esplendor, en otoño empezaba a apagarse y en invierno se volvía mustia ―sí, tener amigas para esto―.

Sin previo aviso, comenzó a levantarse un fuerte viento desde todas direcciones. Rin se volvió extrañada hacia Sesshomaru; él siempre era previsor en cuanto al tiempo meteorológico se refería. Un día antes podía explicar con precisión si llovería torrencialmente o haría un sol abrasador. Gracias a eso sabían cuándo hacer una parada y en dónde convendría realizarla. El que no hubiera previsto una nueva tormenta de nieve ―y de esa magnitud― era sorprendente. No obstante, supo que algo no andaba bien cuando vio la expresión del demonio. Cólera, entendimiento, rabia. Por primera vez, la mirada de Sesshomaru era como un libro abierto ―dado que hacía apenas unos años que había aprendido a leer, no había utilizado mucho esa expresión hasta hacía relativamente poco―. Dio un paso en su dirección para preguntarle a él o a Jaken qué sucedía, pero una ráfaga de viento frontal le impidió dar el siguiente.

Su vista se vio nublada de blanco. Los ojos le escocían y lagrimeaban por la fuerza del viento, y en el fragor de la nevada su llamada al señor Sesshomaru quedó ahogada. No veía lo que tenía a dos metros frente a ella. Intentó recordar algún hechizo para esa situación mas no dio con ninguno. Dificultosamente empezó a caminar hacia delante, donde creía que estaban sus acompañantes. Desesperada, se vio sola en aquel paraje. ¿Dónde estaba el señor Sesshomaru?

Se dijo que debía conservar la calma e ir caminando hasta encontrar un lugar donde refugiarse. No podía permanecer allí parada, tenía que permanecer en un lugar resguardado hasta que la tormenta amainase. Con esta idea en mente, se echó a andar con lentitud, ralentizada por la nieve del suelo y el viento de frente. Tal vez caminara durante media hora, pero si le dijeran que habían sido cinco no se extrañaría. No recordaba nada de lo que había alrededor. Claro, lo contrario hubiera sido sorprendente: todo era igual, blanco por la densa capa de nieve. El miedo se agolpaba poco a poco en su cuerpo, por mucho que ella tratara de contenerlo. Iba a morir congelada. Ni Jaken ni el amo Sesshomaru estaban ahí. El primero podría haberle dado algún consejo o tomado el mando de la situación y ella le habría seguido. Sesshomaru hubiera arreglado la situación, simplemente. Tal vez estuviera idealizándolo un poco, pero realmente le creía capaz de detener una tormenta de ese calibre.

Aliviada, contempló cómo entre las ráfagas de nieve se vislumbraban unas sombras de lo que parecía una estructura sólida. ¿Habría llegado a algún poblado? A pesar del lamentable estado de sus piernas, apretó el ritmo. Pronto podría sentarse frente a un cálido fuego y tal vez probar un tazón de sopa caliente. La idea le hizo sonreír, lo que produjo que seguidamente esbozara una mueca de dolor. Demonios, ahora tenía los labios cortados. Su cuerpo estaba insensibilizado por culpa del frío y mover un pie tras otro le costaba un mundo, pero no se detuvo. Las sombras estaban cada vez más cerca, casi al alcance de la mano… Aunque claro, también te puede parecer que puedes tocar las estrellas con las yemas de los dedos.

Con un quejido dolorido vio la estructura "sólida". No era más que un antiguo castillo. Y decía antiguo por no decir derruido piedra por piedra. Ni siquiera tenía dónde esconderse. Aún con el terrible estado de su cuerpo, un brillo de determinación relució en sus ojos marrones. No iba a rendirse tan fácilmente. Recorrió el lugar arrastrando los pies por la nieve ―que ya le llegaba a la rodilla― y creyó ver algo en un destello de luz. No era más que un desnivel. ¿Qué había emitido esa luz?

Una alarma se despertó en el interior de Rin y ésta se volvió con rapidez, pero no la suficiente. Un fuerte golpe a su espalda la arrojó al escarpado desnivel con brusquedad, arrancándole un grito que no se oyó. Su cuerpo rodó sobre la nieve a tanta velocidad que Rin quedó semiinconsciente, mareada por las vueltas y las heridas que las piedras le ocasionaban. Cayó sobre un saliente en un golpe seco. Por un instante, Rin perdió la respiración. Se asomó gateando hacia el final del saliente y miró hacia abajo, lo cual le produjo un aumento de las nauseas. Inspiró y espiró rápidamente, conteniendo las ganas de vomitar. No sabía cuánto tiempo estaría allí; no podía permitirse el perder la poca comida que reposaba en su estómago.

Casi arrastrándose por el suelo llegó a la zona más resguardada en las rocas. Hacía el mismo frío pero el viento no llegaba. Temblaba violentamente, sus pequeñas manos estaban blancas y casi congeladas. "No voy a llorar, no voy a llorar, no voy a llorar,…", pensaba una y otra vez mientras se abrazaba las piernas en posición fetal y ocultaba la cabeza en ellas. ¿Cuánto duraría así? En su estado no podía realizar magia, no estaba acostumbrada a conjurar nada en una situación extrema como aquella. Sólo le quedaba rezar a Kami y no perder la esperanza.

Un gruñido cercano le heló la sangre. Tuvo miedo de moverse, pues cada movimiento suyo ocasionaba un sonido amenazador que conocía demasiado bien. Rin negó con la cabeza con una sonrisa llena de ansiedad. Aquello debía ser una pesadilla. Lentamente fue alzando la cabeza sin identificar a la bestia que había emitido los ásperos gruñidos. Un montón de enmarañado pelo gris y blanco llamó su atención de entre las rocas que había en la pared frente a ella. Era verdad, estaba ahí. Un chillido de miedo quedó atascado en su garganta. Los ojos rojos, las afiladas garras, los puntiagudos dientes. Todo era igual a aquella vez. No, negó vehementemente sacando fuerza de donde creía que se había agotado. No iba a ser su fin. No volvería a morir de la misma manera.

El lobo lanzó un nuevo gruñido más alto que los anteriores cuando Rin se levantó para alejarse silenciosamente del peligroso animal. El pie se quedó quieto en el aire. Temerosa de hasta respirar, la joven se preguntó si la seguiría si echaba a correr. Seguramente sí: así eran los depredadores. Olían el miedo y se lanzaban ferozmente sobre su indefensa presa, quien se removía en vano hasta emitir el último aliento. Se puso en postura de batalla ―no es que supiera mucho de la lucha cuerpo a cuerpo, pero no le quedaba otra― y esperó. El lobo no se movió de su sitio. ¿Estaría esperando a que se diera la vuelta para atacarla? Se estremeció al pensar en los desgarradores dientes que marcaron su piel hacía tanto tiempo. Cogió una piedra del suelo y se acercó muy lentamente hacia la bestia inmóvil. El color rojo llamó su atención. Sangre, mucha sangre. Soltó la piedra, que cayó provocando un sonoro eco contra las tres paredes del saliente. La pata del lobo había sido gravemente herida, desde su posición podía verlo. Se sintió como una tonta. Claro, era evidente que el animal también había caído al desnivel, no había una entrada para llegar allí. Ese pensamiento la alarmó. ¿Cómo iba a encontrarla el señor Sesshomaru si no se la veía desde la superficie? "Encontrará la manera, Rin, tú no te preocupes".

Se fue acercando al lobo en tanto sus gruñidos se intensificaban. Las orejas del animal estaban echadas hacia atrás en postura amenazante. Y por si eso no le hacía volverse y echar a correr de miedo, también le mostró una hilera de agudos dientes. Rin se sintió dividida. ¿Debía ayudarle a costa de su vida? Ya una vez había comprobado lo letales que eran los lobos, no quería repetirlo una segunda. Además, éste estaba herido. Lo pensó durante un rato, pero rápidamente llegó a una conclusión: si iba a morir aquel día, mejor sería que lo hiciera ayudando a un herido. Kami acogía en su seno a aquellos de corazón bondadoso, o eso decía la anciana Kaede. Llena de una nueva valentía, se arrodilló a tan sólo un metro del lobo, quien la miraba con sus sanguinarios ojos rojos.

―No voy a hacerte daño, tranquilo. Tranquilo, tranquilo. Voy a ayudarte, no te haré daño. ¿Ves? N tengo ningún arma, sólo unas hierbas para curarte esa herida que tienes en la pata. ―Se sintió un tanto estúpida mostrándole al lobo las hierbas medicinales como si la entendiera, pero lo cierto es que funcionó. Los gruñidos cesaron, pero él continuaba con una mirada llena de recelo y amenaza. ― Bien, bonito. Tú no te muevas, ni me enseñes los dientes ni me comas, ¿de acuerdo? Soy toda pellejo y huesos, no te gustaría ―le decía con voz muy suave mientras estrujaba una de las hierbas en un puño y la volvía polvo. El animal no le quitó la vista de encima mientras lo hacía.

Con muchísimo cuidado le introdujo la medicina molida en la herida abierta. Apenas respiraba mientras lo hacía, preparada para levantarse y echar a correr en el caso de que el lobo se retorciera de dolor, pensase que quería atacarlo y la desgarrase con sus dientes. Tan concentrada estaba en su labor que no se dio cuenta de que el animal permanecía muy quieto y no emitía ni un quejido. Terminó con un suspiro de alivio. La herida parecía peor de lo que era en realidad. En unos días sanaría. Si salían de allí, obviamente, lo cual no quedaba muy claro.

Se agazapó de nuevo en su sitio cuando hubo terminado de vendar la herida con un retazo de tela de su kimono ―total, dudaba que pudiera deshacerse de la capa de suciedad que llevaba encima―. Intentaba no quedarse dormida, pues había escuchado a unos montañeros que dos años antes habían pasado por la aldea que dormirse con ese frío y a la intemperie podía suponer no despertar jamás. Los segundos transcurrían con dolorosa lentitud; empezaba a dudar que pudiera salir de esta. De pronto, el lobo se levantó renqueando y se acercó a ella. La joven lo observó desplomarse junto a su cuerpo y apretarse a él. El suave pelaje del animal le entibió las manos y su aceptación, el corazón. Apoyó una cabeza en su lomo, perdiendo completamente el miedo. Tal vez fuera el aturdimiento o el embotamiento de su cabeza; no importaba.

Poco a poco, su cuerpo fue recuperando el calor mientras la temperatura descendía. Sorprendida, miró el cielo. La tormenta estaba amainando y dejaba a la vista un cielo poco estrellado. Una noche muy nublada. ¿Cuánto tiempo había pasado allí tirada? Recostándose contra el pelaje del lobo, cerró los ojos. Tenía tanto sueño… Debía… debía dormir. No pasaba nada porque lo hiciera un rato. El sueño era demasiado pesado…

Un repentino graznido salió de la boca del lobo, quien se incorporó con velocidad. Rin se echó hacia atrás, pero ella no era el objetivo del animal. Con pasos torpes se dirigió hacia el exterior del saliente, se detuvo y comenzó a gruñir con más fuerza. La joven no supo qué hacer. Puede que hubiera una bestia peligrosa afuera y el lobo había salido a enfrentarla. No era justo, pero estaba tan cansada… No tenía fuerzas.

―Rin.

Sus ojos se abrieron repentinamente, su cuerpo se desemperezó. Sólo una voz en el mundo tenía ese tono, sólo una poseía esa suavidad en el habla y, a la vez, esa fuerza. Sólo una persona pronunciaba su nombre de esa manera.

―Se-señor Sesshomaru ―murmuró con voz débil. Tenía que ponerse en pie e ir con él. Su cuerpo no respondió a la petición de su mente, por muy desesperante que resultara.

El demonio se introdujo en la pequeña abertura del saliente ignorando los amenazadores sonidos que le dirigía el lobo blanco. Cuando la tocó, el lobo saltó sobre él. Sin mirarle, le golpeó con la empuñadura de su espada y lo arrojó contra la pared. Al ver que su inesperado amigo soltaba un quejido débil de dolor, Rin se levantó preocupada. Agarró el brazo con el que Sesshomaru se preparaba para descargar a Bakusaiga sobre el animal.

―No, por favor, amo Sesshomaru… ―le rogó con apenas fuerza. ―No me ha hecho nada. Le he curado y me ha protegido del frío… No le matéis, os lo suplico.

Mirándola intensamente, guardó de nuevo la espada en su obi no sin pensárselo un rato antes. Sin decir nada, atrajo a Rin a sus brazos. Su cuerpo estaba muy caliente y la joven no se detuvo a pensar en lo que hacía exactamente. Instintivamente, se apretó contra él, buscando deshacerse de ese frío que seguía royéndola por dentro. Sin soltarla, salió al exterior y miró hacia arriba. Rin leyó en su mirada lo que iba a hacer.

―Sesshomaru… el lobo no puede…

No consiguió terminar pues el demonio había dado un poderoso salto y luego otro, apoyándose en ambos lados del escarpado desnivel. En cuestión de minutos estaban en la tumba del que hubo de haber ido un gran y próspero castillo. Nada más tocar el suelo con los pies, Rin miró a Sesshomaru para decirle que tenían que volver a por el lobo, atrapado en el saliente. No podía dejarle ahí para que se muriera de hambre o frío. Él volvió a adelantársele.

―Ah-Un ―llamó con voz fría. El demonio de cuatro patas apareció tras un gran bloque de piedra. Rin esbozó una sonrisa a pesar de sus labios magullados ―, hay un demonio lobo bajando este desnivel. Cógelo y súbelo aquí.

Rin se llenó de confusión mientras Ah-Un desaparecía de la vista.

―¿Demonio? ―inquirió, sin creérselo.

―Sí, un demonio lobo común ―respondió simplemente él, mirando alrededor con ojos tan fríos como la nieve que tenía a sus pies.

Ahora todo tenía sentido. Los ojos rojos eran un claro distintivo, pero también que comprendiera lo que le decía y no la atacase cuando descubrió sus buenas intenciones. No obstante, seguía en una encrucijada mental. ¿Acaso ella no había muerto a manos de los seguidores de un demonio lobo? Sesshomaru no le dejó continuar por esa línea de pensamientos.

―No pude llegar antes porque el viento disipó tu olor.

La joven lo miró sorprendida. ¿Trataba de justificarse?

―No importa, amo Sesshomaru. Habéis llegado y me habéis salvado. Eso es lo importante ―contestó disfrutando de su calor corporal. Fluffy se enroscó a ambos cuerpos y acarició su mejilla.

―Dado que has gastado todas las hierbas curativas en ese lobo, tendrás que utilizar las que llevabas en las alforjas de Ah-Un para sanar tus propias heridas ―observó con voz templada. Así que también se había dado cuenta de eso. Rin nunca dejaba de sorprenderse de lo perceptivo que era su amo Sesshomaru.

―Fue horrible, señor Sesshomaru. No podía ver nada… el viento era tan fuerte… ¿Os podéis creer que me pareció que alguien me empujaba al desnivel? Parece mentira cómo puede cambiar el tiempo de un momento otro…

Rin, murmurando contra el kimono de Sesshomaru, no captó en pronunciado ceño fruncido que se había formado en su agraciada frente. El demonio trataba de ocultar su ira tras una máscara de indiferencia. Era lo que suponía. Debía darse prisa y acabar con todo esto.

En ese momento apareció Ah-Un llevando al lobo atravesado en su lomo. Al verse en tierra pegó un amplio salto. Claro, los demonios se curaban deprisa. Rin le sonrió y esperó a que se fuera, pero éste no se movió. Lentamente, se acercó a ella para lamerle las yemas de los dedos. La joven rió, encantada.

―Te llamaré Luka ―decidió pasando una mano por el áspero pelaje de su cabeza. Se detuvo al mirar en dirección a Sesshomaru ―. Bueno, si puede venir con nosotros, por supuesto. ¿Os importaría que él…?

―Si me molesta, morirá ―dijo con sequedad.

Rin abrazó el cuello de lobo. Ahora que su amo había dado el visto bueno a la idea, Luka era uno más del grupo. Nunca había tenido una mascota ―aunque tal vez fuera ella una mascota para él, dada su gran inteligencia y astucia demoníaca―. Emprendieron el camino que Rin había recorrido hacía muchas horas sin saber por dónde iba. Resultaba un agradable paseo con bonitas vistas. Tal vez el que no hubiera una fuerte tormenta influenciara en su nueva concepción del paisaje. Recordó de pronto algo.

―Amo Sesshomaru, ¿y Jaken?

―Le dejé en una cueva cercana.

Asintió sonriente y permaneció a su lado, junto a su nuevo amigo lobuno. No podía parar de sonreír, por extraño que pareciese. Unas horas antes había jurado que iba a morir y era presa del terror. Ahora era como si todo hubiese sido un mal sueño. Acababa de despertar.

Lo que no sabía es que la pesadilla de avecinaba mientras unos ojos rojos observaban en la distancia cada uno de sus movimientos, esperando el momento para actuar. Ya faltaba poco.
Leer más...